
Hablar de Dios no es comenzar con una idea religiosa abstracta. Es hablar de Aquel de quien depende todo lo que existe.
La Biblia no presenta a Dios como una parte importante de la realidad, sino como el Creador, Sustentador y Señor de todas las cosas. Por eso conocer a Dios no es un tema secundario dentro de la fe cristiana. Nuestra manera de entender quién es Dios afecta cómo comprendemos el pecado, la salvación, la adoración, la obediencia, la familia y toda la vida.
Dios es el Creador y no depende de nada
Nosotros dependemos de muchas cosas para vivir: necesitamos alimento, descanso, aire, relaciones y un mundo que ya existía antes que nosotros.
Dios no es así.
Él no depende de nada fuera de sí mismo para existir. No fue creado, no comenzó a existir y no recibió la vida de otro. Toda criatura depende de Él, pero Él no depende de ninguna criatura.
La Biblia comienza diciendo:
“En el principio creó Dios los cielos y la tierra” (Génesis 1:1, LBLA).
Todo lo que existe fuera de Dios existe porque Él quiso crearlo. El universo no es eterno ni independiente de Él.
Esto incluye también al ser humano. No somos nuestros propios dueños. Nuestra vida pertenece al Dios que nos hizo.
Dios es eterno, inmutable y distinto de su creación
Jesús enseñó que “Dios es espíritu” (Juan 4:24, LBLA).
Eso significa que Dios no es una criatura física limitada como nosotros. No podemos encerrarlo en un lugar ni reducirlo a una imagen. Tampoco debemos pensar en Él simplemente como una versión más grande y poderosa del ser humano.
Dios es eterno. Nosotros tenemos un comienzo, envejecemos y vivimos dentro del tiempo. Dios, en cambio, nunca comenzó a existir y nunca dejará de existir.
También es inmutable. Nosotros aprendemos, olvidamos, cambiamos de opinión y nuestro carácter puede mejorar o empeorar. Dios no cambia en su ser, su carácter ni sus propósitos.
Su santidad no disminuye, su justicia no cambia y su bondad no se agota.
Por eso podemos confiar en Él.
Dios es santo, justo y bueno
Decir que Dios es santo significa que Él es absolutamente puro y separado de todo mal. No hay corrupción, engaño ni injusticia en Él.
Esto también nos ayuda a comprender por qué el pecado es algo tan serio. Pecar no es simplemente quebrantar una regla impersonal. Es rebelarnos contra un Dios santo.
Dios también es justo. Siempre hace lo correcto y nunca juzga injustamente. Por eso el evangelio no consiste en que Dios simplemente decidió ignorar nuestra culpa.
En la cruz vemos que Dios salva sin dejar de ser justo.
Pero su santidad y su justicia no están en oposición a su bondad. Dios no está dividido. Él es perfectamente santo, perfectamente justo y perfectamente bueno.
Todo lo que es verdaderamente bueno tiene su origen en Él. Su bondad se manifiesta en la creación, en su paciencia, en su provisión y, de manera suprema, en la salvación dada en Cristo.
Dios es amor
La Biblia también enseña que Dios es amor.
Pero debemos dejar que la propia Escritura defina qué significa eso.
El amor de Dios no es sentimentalismo ni indiferencia ante el pecado. Dios ama de manera santa. Su amor busca el bien verdadero y por eso puede consolar, corregir, disciplinar, perdonar y salvar.
La demostración suprema de su amor se encuentra en Cristo.
No conocemos el amor de Dios simplemente observando nuestras circunstancias o preguntándonos cómo nos sentimos.
Lo conocemos mirando lo que Dios hizo al dar a su Hijo.
Dios conoce, gobierna y sostiene todas las cosas
Dios conoce todas las cosas.
No aprende, no descubre ni necesita investigar. Conoce perfectamente lo que ha ocurrido, lo que ocurre y lo que ocurrirá.
También conoce nuestros pensamientos, motivaciones y deseos. Nada está oculto delante de Él.
Dios también posee todo poder. Nada puede frustrar finalmente sus propósitos. Su poder nunca actúa en contradicción con su carácter: Dios no puede mentir ni dejar de ser santo.
Además, Dios no está limitado a un edificio, una ciudad o un lugar determinado. Él es distinto de su creación, pero está presente y activo en todo lugar.
Y gobierna sobre todo lo que ha creado.
Las naciones, los gobernantes y la historia misma no escapan de su autoridad. Los seres humanos toman decisiones reales y son responsables por ellas, pero Dios continúa siendo soberano sobre su creación.
Para el creyente, esto produce descanso.
Nuestra esperanza no descansa en un Dios bienintencionado pero incapaz, sino en un Dios que conoce, gobierna y tiene poder para cumplir todo lo que ha prometido.
Hay un solo Dios: Padre, Hijo y Espíritu Santo
La fe cristiana no enseña que existan muchos dioses.
Hay un solo Dios verdadero.
Y este único Dios existe eternamente como Padre, Hijo y Espíritu Santo.
El Padre es Dios, el Hijo es Dios y el Espíritu Santo es Dios. No son tres dioses, ni simplemente tres formas en las que Dios aparece en diferentes momentos.
Hay un solo Dios.
La Trinidad sobrepasa nuestra comprensión completa, pero no es una contradicción. Es la manera en que Dios se ha revelado.
Además, esta verdad está en el corazón del evangelio: el Padre envía al Hijo, el Hijo realiza la redención y el Espíritu aplica esa obra al pueblo de Dios.
No podemos inventar a Dios según nuestras preferencias
Uno de los grandes peligros religiosos es hablar de “Dios” mientras pensamos realmente en una versión de Él construida según nuestros deseos.
Podemos imaginar un dios que nunca juzga, que siempre aprueba nuestras decisiones o que existe principalmente para ayudarnos a cumplir nuestros planes.
Pero un dios creado por nuestra imaginación no puede salvarnos.
Necesitamos conocer al Dios que realmente existe.
Por eso dependemos de su revelación.
No conocemos a Dios inventándolo. Lo conocemos porque Él se ha dado a conocer.
Dios se ha dado a conocer en su Palabra y en Cristo
La creación muestra algo del poder y la gloria de Dios.
Pero para conocer con claridad quién es, qué ha hecho y cómo podemos ser reconciliados con Él, necesitamos la Escritura.
La Biblia no intenta satisfacer toda nuestra curiosidad acerca de Dios. Nos revela lo que necesitamos conocer para creer, adorar y obedecer.
Y la revelación de Dios alcanza su expresión más plena en Jesucristo.
El Hijo eterno vino al mundo y dio a conocer al Padre. Por eso no podemos hablar adecuadamente de conocer a Dios mientras rechazamos a Cristo.
El Dios del evangelio no es una idea vaga sobre una divinidad superior.
Es el Dios que se ha revelado en su Hijo.
Conocer a Dios transforma nuestra manera de vivir
Conocer a Dios no consiste solamente en acumular definiciones correctas.
La verdadera teología conduce a la adoración.
Si Dios es nuestro Creador, le debemos obediencia. Si es santo, debemos tomar el pecado en serio. Si es bueno, podemos confiar en Él. Si es soberano, podemos descansar en su providencia. Si conoce todas las cosas, podemos vivir con sinceridad delante de Él.
Y si se ha dado a conocer en Cristo, nuestra respuesta debe ser creer en Él y adorarlo.
Nuestros hijos necesitan conocer quién es Dios
En un hogar cristiano podemos enseñar muchas historias bíblicas sin enseñar realmente quién es Dios.
Nuestros hijos necesitan algo más que conocer personajes y acontecimientos. Necesitan aprender que Dios es santo, bueno, justo, poderoso, sabio y digno de confianza.
También necesitan comprender que Dios no existe simplemente para resolver sus problemas.
Ellos existen para Él.
Eso cambia profundamente la manera de enseñar la Biblia en casa.
No queremos que nuestros hijos terminen cada historia preguntando solamente: “¿Qué debo hacer?”
También queremos que aprendan a preguntar:
“¿Qué me enseña esto acerca de Dios?”
El conocimiento más importante
Podemos conocer muchas cosas y, sin embargo, desconocer aquello que más importa.
Conocer a Dios es el conocimiento más profundo que una criatura puede recibir. No porque podamos comprenderlo completamente, sino porque Él se ha acercado y se ha dado a conocer.
Dios es el Creador eterno, santo, justo, bueno y soberano de todas las cosas, y conocerlo correctamente comienza recibiendo con humildad lo que Él mismo ha revelado acerca de sí en su Palabra y, de manera suprema, en Jesucristo.
