Aprender a saludar: cuando el ejemplo enseña más que las palabras

Durante algún tiempo hubo algo sencillo que me preocupaba en la educación de mis hijos: el hábito de saludar a las personas.

No parecía una enseñanza especialmente complicada. Saludar es una expresión elemental de cortesía, consideración y respeto. Sin embargo, conseguir que mis hijos lo hicieran con naturalidad resultaba más difícil de lo que había imaginado.

A veces era necesario recordarles que saludaran. Otras veces lo hacían tímidamente, casi obligados. Y había ocasiones en las que, después de insistir varias veces, terminaba sintiéndome frustrado.

Como padre, sabía lo que quería enseñarles, pero no siempre estaba encontrando la mejor manera de hacerlo.

Con el tiempo, algunas experiencias cotidianas comenzaron a mostrarme algo que probablemente debería haber comprendido antes: los buenos hábitos no se forman solamente diciendo a nuestros hijos lo que deben hacer. También necesitan vernos hacerlo y tener oportunidades para practicarlo.

No todos los hijos aprenden al mismo ritmo

Una de las primeras cosas que fui observando fue la diferencia entre mis hijos pequeños y mis hijas mayores.

Los pequeños suelen tener mayor disposición para acompañarme cuando salgo al mercado, hago alguna compra o necesito realizar un encargo.

Estas salidas, aparentemente insignificantes, se fueron convirtiendo en oportunidades para practicar algo muy sencillo.

Cuando entrábamos a un establecimiento, yo saludaba.

Cuando alguien nos atendía, procuraba agradecerle.

Cuando nos despedíamos, volvía a saludar.

Poco a poco, los pequeños comenzaron a imitarme. Al principio necesitaban algún recordatorio, pero después empezaron a hacerlo con mayor espontaneidad.

Con mis hijas mayores sucedía algo diferente.

Ellas no siempre tenían deseos de acompañarme. Preferían quedarse en casa y, naturalmente, disponíamos de menos ocasiones para practicar juntos estos hábitos.

Además, conforme los hijos crecen, aparecen otras dificultades. Pueden sentirse observados, experimentar vergüenza o simplemente mostrarse menos dispuestos a participar en determinadas actividades.

Comencé a comprender que no debía interpretar toda resistencia como falta de respeto o desobediencia deliberada.

En ocasiones, lo que necesitaban no era una exigencia más fuerte, sino mayores oportunidades para aprender.

Una oportunidad que no habíamos planeado

Hace algunas semanas comenzamos a salir a correr por las mañanas.

Inicialmente, la intención era sencilla: hacer ejercicio y compartir una actividad saludable.

Sin embargo, aquellas salidas comenzaron a ofrecer oportunidades educativas que no había previsto.

Mientras avanzábamos por las calles y los parques, nos encontrábamos con personas que también habían salido a caminar o correr.

Yo comenzaba a saludarlas.

Los pequeños respondían con naturalidad. Mis hijas mayores, en cambio, lo hacían con cierta timidez.

Pero continuamos saliendo.

Recorríamos rutas semejantes, encontrábamos personas y repetíamos aquellos pequeños gestos de cortesía.

No habíamos organizado una clase sobre el saludo. Simplemente estábamos viviendo situaciones en las que el hábito podía practicarse.

Y entonces comenzó a ocurrir algo interesante.

Una de mis hijas, que al principio saludaba tímidamente, empezó a hacerlo con mayor confianza.

Días después, mi hija mayor, a quien más me había costado ayudar en este aspecto, comenzó a saludar a las personas por iniciativa propia.

No tuve que recordárselo.

Simplemente lo hizo.

Tal vez para otra persona esto no parezca demasiado importante. Pero para mí, que conocía las dificultades anteriores, fue una pequeña alegría.

No porque hubiera conseguido finalmente que hiciera lo que yo deseaba, sino porque comenzaba a observar un hábito que estaba aprendiendo a ejercer voluntariamente.

El ejemplo necesita oportunidades para convertirse en hábito

Esta experiencia me hizo pensar en algo que Charlotte Mason comprendió muy bien acerca de la educación.

La formación de hábitos requiere atención, constancia y repetición. No basta con explicar una conducta deseable y esperar que nuestros hijos la incorporen inmediatamente a su vida.

Necesitan practicarla. Y muchas veces esa práctica encuentra su mejor lugar en la vida cotidiana.

Podemos explicarles a nuestros hijos la importancia de ser considerados con los demás. Pero también necesitan observar cómo tratamos nosotros a las personas.

¿Cómo hablamos con quien nos atiende en una tienda?

¿Saludamos a nuestros vecinos?

¿Agradecemos cuando alguien nos ayuda?

¿Tratamos con respeto a las personas incluso cuando estamos apurados o de mal humor?

Los niños aprenden de nuestras instrucciones, pero también de nuestras costumbres.

En ese sentido, la vida familiar es una escuela permanente.

No porque debamos convertir cada actividad en una lección formal, sino porque nuestra manera habitual de vivir está enseñando incluso cuando no tenemos la intención consciente de hacerlo.

La paciencia también forma parte de la enseñanza

Hay otro aspecto de esta experiencia que considero importante.

Antes, cuando mis hijos no saludaban, mi primera reacción podía ser insistir o buscar alguna manera de conseguir una respuesta inmediata.

Quería ver el resultado.

Pero ahora estoy aprendiendo a prestar más atención al proceso.

Un hijo puede necesitar varios recordatorios. Otro quizá necesita vencer cierta timidez. Otro puede comprender perfectamente lo que debe hacer, pero todavía no ha desarrollado la costumbre de hacerlo espontáneamente.

Esto no significa que debamos renunciar a corregir.

La corrección sigue siendo necesaria en la educación. Los padres tenemos la responsabilidad de enseñar a nuestros hijos a tratar respetuosamente a los demás.

Sin embargo, necesitamos distinguir entre la falta de disposición y las dificultades propias del aprendizaje.

También debemos recordar que formar un hábito lleva tiempo.

Si esperamos resultados perfectos después de unas pocas instrucciones, probablemente terminaremos frustrados, y nuestros hijos podrían comenzar a relacionar aquello que queremos enseñarles con experiencias desagradables.

La paciencia no consiste en dejar de enseñar.

Consiste en perseverar en la enseñanza sin permitir que nuestra impaciencia termine perjudicando aquello que deseamos formar.

Educar mientras caminamos

Hay un principio bíblico que me parece especialmente apropiado para esta reflexión.

En Deuteronomio 6:6–7, el Señor ordenó a su pueblo guardar sus palabras en el corazón y enseñarlas diligentemente a sus hijos, hablando de ellas durante las actividades habituales de la vida.

La instrucción debía estar presente en casa, en el camino, al acostarse y al levantarse.

El pasaje se refiere especialmente a la transmisión de la Palabra de Dios, algo mucho más profundo que la enseñanza de las buenas costumbres. Sin embargo, también nos recuerda que la formación de nuestros hijos no está limitada a momentos formales de instrucción.

La vida cotidiana ofrece oportunidades constantes para enseñar.

En el camino podemos conversar.

En las dificultades podemos enseñar paciencia.

Cuando alguien nos ayuda, podemos mostrar gratitud.

Cuando cometemos un error, podemos reconocerlo y pedir perdón.

Y cuando nos encontramos con otras personas, podemos enseñar a nuestros hijos a reconocerlas y tratarlas con consideración.

El saludo, después de todo, no debería convertirse en una simple formalidad externa.

Lo que deseamos cultivar es una disposición respetuosa hacia los demás.

La Escritura nos exhorta a honrar a todos (1 Pedro 2:17). Ese respeto puede manifestarse de muchas maneras, incluso mediante gestos pequeños y cotidianos.

Algo más importante que aprender a saludar

Pero hay algo que ha comenzado a alegrarme incluso más que los saludos espontáneos de mis hijos.

En estas últimas semanas he sentido que mi hija mayor se está volviendo más cercana a mí.

No puedo afirmar que esto se deba exclusivamente a nuestras salidas. Las relaciones familiares son más complejas y se construyen mediante muchas experiencias.

Sin embargo, me alegra pensar que el tiempo compartido, las conversaciones y las actividades que realizamos juntos están ofreciendo nuevas oportunidades para acercarnos.

Y esto me ha llevado a reflexionar sobre mis prioridades como padre.

Es bueno que nuestros hijos aprendan a saludar.

Es bueno que desarrollen buenos modales y hábitos de convivencia.

Pero sería una pérdida enorme conseguir determinados comportamientos externos mientras descuidamos nuestra relación con ellos.

No queremos formar hijos que simplemente respondan por temor a una reprensión.

Queremos acompañarlos mientras aprenden a actuar con sabiduría, consideración y responsabilidad.

Y para eso necesitan mucho más que nuestras instrucciones.

Necesitan nuestra presencia.

Mientras ellos aprenden, nosotros también

Todavía tenemos mucho que aprender como familia.

Seguramente habrá días en los que mis hijos olvidarán saludar. Habrá momentos en los que yo también perderé la paciencia o no daré el ejemplo que debería.

La formación del carácter no avanza siempre de manera uniforme.

Pero estas pequeñas experiencias me están enseñando a valorar los progresos que antes quizá habría pasado por alto.

Un saludo espontáneo.

Una conversación durante una caminata.

Una hija que parece sentirse más cómoda acompañando a su padre.

Son cosas sencillas, pero significativas.

También me recuerdan que Dios continúa trabajando en mi propio carácter.

Mientras procuro enseñar a mis hijos paciencia, respeto y consideración, descubro cuánto necesito crecer yo mismo en esas virtudes.

Y quizá esa sea una de las lecciones más importantes que estoy aprendiendo.

Educar no consiste solamente en observar cómo cambian nuestros hijos. También requiere estar dispuestos a reconocer aquello que debe cambiar en nosotros.

Hoy sigo queriendo que mis hijos aprendan a saludar.

Pero también deseo que, al recordar estos años, no piensen solamente en las instrucciones que recibieron, sino en el tiempo que compartimos, las conversaciones que tuvimos y la paciencia con la que procuramos aprender juntos.

Porque los hábitos importan.

Pero las relaciones en las que esos hábitos se forman también importan.

Y mientras nuestros hijos aprenden a vivir, nosotros seguimos aprendiendo a ser padres.

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