
Hay enseñanzas que requieren paciencia, hábitos que tardan en formarse y frutos que aparecen cuando menos los esperamos. Pero mientras procuramos educar a nuestros hijos, también estamos construyendo una relación con ellos.
Hace algunos días comenzamos a salir a correr por las mañanas con mis hijos. La idea era sencilla: incorporar el ejercicio físico a nuestra rutina, disfrutar de un tiempo al aire libre y cultivar hábitos saludables.
Durante estas salidas también he procurado enseñarles algo tan elemental como saludar a las personas que encontramos en nuestro camino.
Puede parecer una cosa pequeña, pero considero que la cortesía, la amabilidad y el respeto hacia los demás forman parte de la educación que debemos transmitir a nuestros hijos.
Sin embargo, formar un hábito no siempre resulta sencillo.
Dos de mis hijas, por ejemplo, tenían dificultades para tomar la iniciativa al momento de saludar. Era necesario recordarles que lo hicieran y animarlas a vencer esa resistencia que a veces experimentan los niños cuando deben relacionarse con otras personas.
Como suele suceder con muchos hábitos, no bastaba con explicarlo una vez. Había que insistir con paciencia.
Pero esta mañana ocurrió algo que me produjo una gran alegría.
Mientras corríamos, mi hija mayor comenzó a saludar espontáneamente a las personas que encontrábamos. No tuve que recordárselo. Simplemente lo hizo por iniciativa propia.
Quizá para otras personas no sea algo extraordinario, pero quienes somos padres sabemos que esos pequeños cambios pueden representar mucho.
Sin embargo, estas experiencias me han llevado a reflexionar sobre algo que considero todavía más importante.
En estos últimos días también he comenzado a experimentar una mayor cercanía con mi hija mayor. Y al pensar en ello, me he dado cuenta de que aquellas salidas que iniciamos para cultivar hábitos saludables también nos están ofreciendo oportunidades para fortalecer nuestra relación familiar.
La educación no ocurre solamente durante las lecciones
Como padres, dedicamos bastante tiempo a pensar en la formación de nuestros hijos.
Nos preocupamos por los libros que deben leer, los conocimientos que necesitan adquirir, las responsabilidades que deben asumir y los hábitos que deseamos desarrollar en ellos.
Todo esto es importante. Una buena educación requiere dirección, disciplina, constancia y planificación.
Pero podemos estar tan ocupados organizando aquello que nuestros hijos deben aprender que olvidemos algo fundamental: la educación también ocurre mientras compartimos la vida con ellos.
Hay experiencias educativas que no aparecen en ningún horario.
Ocurren mientras caminamos juntos, realizamos alguna tarea doméstica, salimos de compras o conversamos durante una actividad cotidiana.
En esos momentos nuestros hijos observan nuestra manera de tratar a los demás, nuestra disposición frente a las dificultades y la forma en que respondemos cuando algo no sale como esperábamos.
Y aunque no estemos desarrollando una lección formal, nuestro ejemplo sigue enseñando.
La educación, por tanto, no puede reducirse a completar un programa de estudios. Formar a una persona implica mucho más que transmitir conocimientos.
Los buenos hábitos se forman con paciencia
Una de nuestras responsabilidades como padres es ayudar a nuestros hijos a desarrollar buenos hábitos.
Aprender a saludar, escuchar con atención, cumplir las responsabilidades, tratar con respeto a otras personas o actuar con consideración hacia los demás son aspectos que requieren práctica y perseverancia.
No podemos esperar que nuestros hijos incorporen inmediatamente todo aquello que les enseñamos.
Muchas veces tendremos que repetir una instrucción, corregir una conducta y volver a comenzar.
Y precisamente allí necesitamos paciencia.
Charlotte Mason concedía una gran importancia a la formación de hábitos dentro de la educación. Comprendía que estos ayudan a orientar la conducta cotidiana del niño y que su formación requiere un trabajo cuidadoso y constante.
Esta perspectiva nos recuerda que educar no consiste simplemente en comunicar lo que es correcto, sino también en acompañar a nuestros hijos mientras aprenden a practicarlo.
Sin embargo, hay algo que no debemos olvidar.
Nuestros hijos no son proyectos que debemos perfeccionar, sino personas que Dios ha puesto bajo nuestro cuidado.
Por eso, mientras procuramos formar sus hábitos, también debemos cuidar nuestra relación con ellos.
La disciplina es necesaria, pero también lo son el afecto, la confianza y la cercanía.
Nuestros hijos necesitan nuestra dirección, pero también necesitan saber que disfrutamos de su compañía.
El valor de compartir tiempo juntos
Una de las cosas que estoy aprendiendo mediante estas salidas es que no toda experiencia familiar necesita tener un propósito educativo explícito.
Salimos a correr porque deseamos hacer ejercicio. Durante el camino conversamos, observamos lo que sucede a nuestro alrededor y compartimos el esfuerzo de una actividad física.
Pero esas experiencias sencillas también pueden convertirse en oportunidades para conocernos mejor.
En ocasiones, como padres, podemos relacionarnos con nuestros hijos principalmente para darles instrucciones, recordarles sus responsabilidades o corregir sus errores.
Y aunque todas estas cosas forman parte de nuestra labor, no deberían definir por completo nuestra relación con ellos.
También necesitamos momentos en los que simplemente podamos disfrutar de estar juntos.
Esto cobra una importancia particular a medida que nuestros hijos crecen y comienzan a desarrollar mayor independencia.
No podemos pretender que la relación que teníamos con ellos cuando eran pequeños permanezca exactamente igual durante todas las etapas de su crecimiento.
Necesitamos aprender a acompañarlos de nuevas maneras, sin abandonar nuestra responsabilidad de instruirlos y guiarlos.
Quizá una caminata, una conversación inesperada o una actividad compartida nos permita descubrir aspectos de nuestros hijos que difícilmente conoceríamos durante una lección formal.
No puedo afirmar que estas salidas sean la causa de todos los cambios que estoy observando. Pero sí puedo reconocer que están creando oportunidades valiosas para estar juntos.
Y eso, por sí mismo, ya merece ser apreciado.
La formación cristiana en la vida cotidiana
Cuando pensamos en la educación cristiana de nuestros hijos, solemos dirigir nuestra atención hacia la lectura bíblica, la enseñanza doctrinal, la oración y la memorización de las Escrituras.
Todas estas prácticas son fundamentales.
Pero la Palabra de Dios también nos recuerda que la formación de nuestros hijos debe estar profundamente relacionada con la vida cotidiana.
En Deuteronomio 6:6–7, Dios mandó a los padres de Israel enseñar diligentemente sus palabras a sus hijos, hablando de ellas al estar en casa, al andar por el camino, al acostarse y al levantarse.
La instrucción espiritual no debía quedar limitada a un momento específico del día.
Debía acompañar la vida familiar.
Este principio sigue siendo valioso para los padres cristianos.
No significa que debamos convertir cada conversación en una lección bíblica ni que todas las actividades familiares deban tener una aplicación espiritual explícita.
Significa que nuestra fe debe reflejarse en nuestra manera de vivir.
Cuando enseñamos a nuestros hijos a tratar con respeto a los demás, debemos procurar mostrarles ese mismo respeto.
Cuando hablamos de la paciencia, necesitamos ejercitarla mientras los instruimos.
Y cuando nos equivocamos, también podemos enseñarles la importancia de reconocer nuestras faltas y pedir perdón.
No somos padres perfectos formando hijos perfectos.
Somos padres necesitados de la gracia de Dios, llamados a criar a nuestros hijos en la disciplina e instrucción del Señor, como enseña Efesios 6:4.
Aprender a reconocer los pequeños frutos
Como padres, frecuentemente prestamos mucha atención a aquello que nuestros hijos todavía necesitan mejorar.
Observamos los hábitos que les cuesta desarrollar, las responsabilidades que descuidan y las actitudes que necesitan corrección.
Pero si solamente miramos lo que falta, podemos pasar por alto los pequeños avances que están ocurriendo delante de nosotros.
Un hijo que comienza a realizar voluntariamente aquello que antes necesitaba que le recordáramos está dando un paso importante.
Una actitud que empieza a cambiar, una responsabilidad asumida sin insistencia o una conversación que surge espontáneamente pueden ser motivos de gratitud.
No significa que la tarea educativa haya terminado.
Tampoco que un pequeño progreso garantice que el hábito esté completamente formado.
Significa que debemos aprender a reconocer y agradecer esos frutos mientras continuamos trabajando con paciencia.
Esta mañana me alegró ver a mi hija saludar por iniciativa propia. Pero también me alegró pensar en todo lo que estamos compartiendo como familia mediante estas actividades.
Habíamos comenzado procurando cultivar buenos hábitos, y en el camino estamos encontrando nuevas oportunidades para disfrutar de nuestra compañía y fortalecer nuestros vínculos.
Quizá esa sea una de las enseñanzas más importantes que estoy recibiendo durante estos días.
Educar no consiste solamente en preparar a nuestros hijos para el futuro. También implica aprender a vivir con ellos en el presente.
Necesitan nuestra instrucción, nuestra corrección y nuestra dirección. Pero también necesitan nuestra presencia, nuestra atención y nuestro afecto.
No todo aprendizaje ocurre frente a un libro, ni todos los frutos de nuestra labor educativa pueden medirse mediante una evaluación.
Algunos se manifiestan en pequeños gestos cotidianos. Otros aparecen en la confianza que lentamente se va fortaleciendo entre padres e hijos.
Y mientras procuramos enseñarles tantas cosas, descubrimos que nosotros también tenemos mucho que aprender.
Porque, al final, educar también es compartir la vida.
Padre Educador — Reflexiones sobre educación, familia y formación cristiana.
