Cuando los adultos dejan de corregir: una lección de C. S. Lewis en La silla de plata

Hace unos días comenzamos en casa la lectura de La silla de plata, de C. S. Lewis.

El primer capítulo comienza con una escena bastante triste. Jill Pole está llorando detrás del gimnasio de su escuela porque otros estudiantes la han estado molestando y ella intenta esconderse.

Entonces aparece Eustace Scrubb, a quien los lectores de La travesía del Viajero del Alba ya conocen. Los dos empiezan a conversar y, poco a poco, Lewis nos permite entender qué clase de lugar es aquella escuela.

Se llama la Escuela Experimental.

Y, como ocurre tantas veces en Narnia, detrás del humor y la exageración aparece una observación bastante seria sobre la naturaleza humana y la educación.

Los adultos responsables del colegio han querido crear un ambiente donde los estudiantes disfruten de una enorme libertad. No desean imponer demasiadas reglas ni ejercer una autoridad que pueda parecer anticuada o represiva.

Pero el resultado no es el que esperaban.

Los niños no se vuelven automáticamente más amables. Los fuertes comienzan a dominar a los débiles, los agresivos descubren que pueden intimidar y quienes deberían proteger a los más vulnerables parecen más interesados en observar y analizar el comportamiento que en corregirlo.

Mientras leía aquella escena con mis hijos, pensé en una paradoja que Lewis parece haber comprendido muy bien: cuando los adultos renuncian a ejercer una autoridad justa, los niños no necesariamente quedan libres; muchas veces quedan bajo la autoridad del más fuerte.

La paradoja de la Escuela Experimental

Lewis escribe con sátira.

No está describiendo todas las escuelas modernas ni elaborando un tratado completo sobre educación. Exagera ciertos rasgos para hacernos ver algo que considera peligroso.

La Escuela Experimental sospecha de la autoridad adulta, pero termina tolerando otra clase de autoridad mucho menos justa: la del grupo dominante.

Ahí está la contradicción.

Podemos pensar que eliminar normas produce libertad. Sin embargo, la ausencia de normas no elimina el poder. Simplemente puede cambiar quién lo ejerce.

Si un maestro no interviene cuando un estudiante humilla a otro, alguien seguirá teniendo poder dentro de ese salón. Solo que ya no será una autoridad adulta que debe responder por sus decisiones, sino quizá el alumno más fuerte, el más popular o el más agresivo.

La pregunta, entonces, no es simplemente si habrá autoridad.

La pregunta es qué clase de autoridad habrá y quién la ejercerá.

Un niño que está siendo acosado difícilmente experimentará como libertad que los adultos decidan no intervenir. Para él, una autoridad justa puede ser precisamente aquello que lo protege.

Una conversación que también necesitamos en el Perú

Esta escena volvió a mi mente mientras en el Perú se reabría la discusión acerca de la disciplina escolar.

En octubre de 2026 se presentaron nuevos lineamientos orientados a fortalecer la autoridad docente, establecer procedimientos más claros y responder de manera proporcional a conductas que afectan la convivencia y la seguridad escolar. La discusión también se extendió hacia cuestiones como la presentación personal de los estudiantes, el uso de dispositivos y los límites de la regulación dentro de los colegios.

Es posible debatir cada una de esas medidas.

Y este artículo no pretende defender un gobierno, una política concreta ni convertir cuestiones como el cabello, los uniformes o los teléfonos en el centro de la educación.

La pregunta que me interesa es anterior y más profunda:

¿puede una comunidad educativa funcionar bien si los adultos dejan de asumir la responsabilidad de enseñar, establecer límites y corregir?

Ese problema va mucho más allá de una disposición ministerial.

Tiene que ver con lo que creemos acerca de los niños, de la autoridad y de la tarea misma de educar.

Los niños no se vuelven virtuosos porque desaparezcan las reglas

Aquí aparece una diferencia importante entre algunas concepciones modernas de la infancia y la visión cristiana del ser humano.

La Biblia reconoce plenamente la dignidad de los niños. Son personas creadas a imagen de Dios y deben ser amadas, escuchadas y protegidas.

Pero también son, como nosotros, seres humanos caídos.

Eso significa que no debemos esperar que la eliminación de toda restricción produzca espontáneamente virtud.

Un niño necesita aprender a dominar su ira, compartir, decir la verdad, respetar los límites de otros, pedir perdón, controlar sus impulsos y utilizar su fuerza para servir y no para oprimir.

Esas virtudes no aparecen simplemente dejando que el niño “sea él mismo”.

Necesita formación.

Proverbios 29:15 dice:

“La vara y la reprensión dan sabiduría, pero el niño consentido avergüenza a su madre” (LBLA).

El punto no es reducir la educación a un castigo físico.

El principio es mucho más amplio: la corrección forma parte de la formación hacia la sabiduría.

Un niño abandonado completamente a sus propios impulsos no necesariamente encontrará por sí solo el camino de la madurez.

Corregir no es lo contrario de amar

Aquí necesitamos hacer una distinción importante.

Defender la corrección no significa defender violencia, humillación, gritos, amenazas o castigos desproporcionados.

Ese tipo de trato puede dañar profundamente a un niño.

La autoridad cristiana no recibe permiso para ser cruel simplemente porque se llame autoridad.

Pablo dice a los padres:

“Y vosotros, padres, no provoquéis a ira a vuestros hijos, sino criadlos en la disciplina e instrucción del Señor” (Efesios 6:4, LBLA).

En ese texto aparecen juntas la disciplina y la instrucción, pero también una advertencia dirigida al adulto: no provocar a ira.

El padre cristiano no recibe autoridad para descargar su frustración sobre sus hijos.

Recibe responsabilidad para formarlos.

Por eso la autoridad debe ejercerse con justicia, paciencia, dominio propio y amor.

Hebreos añade otra dimensión:

“Al presente ninguna disciplina parece ser causa de gozo, sino de tristeza; sin embargo, a los que han sido ejercitados por medio de ella, les da después fruto apacible de justicia” (Hebreos 12:11, LBLA).

La disciplina puede ser incómoda y seguir siendo buena.

Ningún niño disfruta necesariamente que le digan que debe devolver algo, pedir perdón, dejar de tratar mal a su hermano o asumir una consecuencia por lo que hizo.

Pero nuestro objetivo como padres no es conseguir que nuestros hijos estén siempre satisfechos con nosotros.

Tampoco es hacerles la vida innecesariamente difícil.

Es ayudarlos a crecer en sabiduría, dominio propio y consideración por los demás.

A veces amar significa consolar.

Otras veces significa decir no.

La autoridad también protege al débil

Este es quizá el aspecto que más me llamó la atención mientras leía a Lewis.

Con frecuencia pensamos en la autoridad desde el punto de vista de quien es limitado por ella.

Pero deberíamos pensar también en quien es protegido por ella.

Una regla contra el acoso limita al agresor, pero protege al niño acosado.

Una norma que impide golpear restringe a quien quiere usar su fuerza, pero protege al más pequeño.

Una maestra que interviene frente a una burla puede incomodar al estudiante que se estaba divirtiendo a costa de otro, pero quizá está dando seguridad a un niño que tenía miedo de volver al colegio.

Por eso no toda limitación es opresión.

Hay límites que hacen posible la convivencia.

La autoridad justa no existe solamente para decir al niño lo que no puede hacer; también existe para impedir que otros hagan con él lo que no deberían.

Cuando el adulto se retira, además, el grupo no queda necesariamente sin reglas.

Suelen aparecer otras.

Alguien decidirá quién participa, quién queda fuera, quién tiene prestigio, qué conductas son aceptadas y de quién es posible burlarse.

Naturalmente, no todo grupo infantil se convierte en algo cruel. Los niños también pueden mostrar amistad, compasión, generosidad y lealtad.

Pero sería ingenuo construir una filosofía educativa sobre la idea de que, libres de la influencia adulta, organizarán espontáneamente una pequeña sociedad virtuosa.

Necesitan adultos presentes.

No para dirigir cada movimiento ni resolver cada desacuerdo, sino para ayudarlos a aprender aquello que todavía están desarrollando: justicia, respeto, dominio propio, misericordia y responsabilidad.

Nuestro hijo también puede ser quien hace daño

Como padres, es natural preocuparnos cuando alguien maltrata a nuestros hijos.

Queremos protegerlos. Queremos que sepan qué hacer si otro niño los humilla, golpea o excluye.

Pero nuestra responsabilidad no termina allí.

También debemos hacernos una pregunta más incómoda:

¿qué haríamos si descubrimos que nuestro hijo es quien está intimidando a otro?

Es fácil exigir disciplina cuando nuestro hijo es la víctima.

Mucho más difícil es aceptar la corrección cuando el problema está en nuestra propia casa.

La formación cristiana exige ambas cosas.

Queremos criar hijos capaces de defender al débil, pero también hijos que no utilicen su inteligencia, popularidad, tamaño, palabras o influencia para humillar a otros.

Eso requiere conversaciones, observación, ejemplo y, cuando es necesario, corrección y consecuencias.

Formar carácter requiere presencia

Este tema toca una de las convicciones centrales de Padre Educador.

Educar no consiste simplemente en proporcionar información.

Estamos formando personas.

Y la formación del carácter necesita tiempo.

No podemos delegarla completamente al colegio ni conseguirla mediante una charla ocasional.

Nuestros hijos necesitan observar cómo hablamos con otras personas, cómo reaccionamos cuando estamos enojados, cómo tratamos a quien tiene menos poder, cómo reconocemos una equivocación, cómo pedimos perdón y cómo ejercemos autoridad.

Incluso nuestra manera de corregirlos les enseña qué significa la autoridad.

Si corregimos humillando, pueden aprender que tener autoridad significa tener permiso para humillar.

Si corregimos con ira descontrolada, pueden aprender que el más fuerte tiene derecho a descargar su enojo.

Pero si somos firmes y, al mismo tiempo, pacientes y justos, comenzarán a descubrir otra clase de autoridad: una autoridad que busca el bien del otro.

No corregir también educa

A veces pensamos que podemos evitar educar simplemente permaneciendo neutrales.

Pero no existe verdadera neutralidad.

Cuando un padre observa una conducta y continuamente la deja pasar, también está enseñando algo.

Puede estar enseñando que esa conducta no importa.

Cuando un maestro permite repetidamente la burla, el grupo aprende que la burla tiene pocas consecuencias.

Cuando los adultos evitan toda corrección porque temen incomodar al niño, también transmiten un mensaje: mis deseos no deberían encontrar resistencia.

Por eso educamos tanto mediante aquello que corregimos como mediante aquello que permitimos.

Nuestros silencios también forman.

Pero autoridad no significa controlar cada aspecto de la vida

Existe, naturalmente, un error en la dirección opuesta.

Podemos reaccionar contra el permisivismo intentando regular absolutamente todo: la manera de vestir, cada movimiento, cada opinión, cada conversación y cada preferencia.

Entonces la autoridad puede convertirse en control.

Los hijos también necesitan crecer en responsabilidad.

Necesitan aprender a tomar decisiones, asumir consecuencias y desarrollar criterio.

La meta de la disciplina no es producir adultos que solo sepan obedecer cuando alguien los vigila.

Queremos formar personas capaces de ejercer dominio propio porque han aprendido a amar lo bueno.

Por eso una autoridad sabia sabe cuándo intervenir y también cuándo permitir que un hijo experimente una libertad apropiada a su edad y madurez.

La alternativa a una autoridad ausente no es una autoridad omnipresente.

Es una autoridad sabia.

Educar no es simplemente dejar crecer

Una planta necesita espacio para crecer, pero también necesita cuidado, agua, luz y protección. En ocasiones necesita incluso ser podada.

No porque quien la cuida odie su crecimiento.

Precisamente porque desea que crezca bien.

Con nuestros hijos ocurre algo mucho más profundo.

No son proyectos que podamos moldear exactamente a nuestra imagen. Son personas a quienes debemos acompañar hacia la madurez.

Tienen temperamento, dones, debilidades, deseos y preguntas.

Y también necesitan dirección.

Educar significa enseñar, acompañar, modelar, corregir, escuchar, establecer límites y aprender a entregar mayor responsabilidad a medida que nuestros hijos crecen.

La alternativa a una mala autoridad no es la ausencia de autoridad. Es una autoridad mejor.

Volviendo a Jill Pole

La imagen de Jill llorando detrás del gimnasio permaneció conmigo después de terminar aquel capítulo.

Lewis escribió una historia fantástica.

Pero debajo de la aventura hay una observación profundamente humana.

Cuando quienes deberían proteger renuncian a hacerlo, las relaciones de poder no desaparecen.

Los débiles pueden quedar todavía más indefensos.

Quizá por eso necesitamos recuperar una idea que puede sonar antigua, pero que sigue siendo necesaria: los niños necesitan adultos dispuestos a ser adultos.

No adultos autoritarios.

No adultos violentos.

No adultos incapaces de reconocer sus propios errores.

Sino adultos presentes, que aman, escuchan, enseñan y protegen.

Y que, cuando es necesario, tienen el valor de decir:

“Esto está mal y no voy a permitir que continúe”.

Porque corregir no siempre es lo contrario de amar.

A veces es precisamente una de las formas que toma el amor.

La ausencia de corrección no garantiza la libertad de nuestros hijos. Educar con amor significa también ofrecerles límites, dirección y una autoridad justa que forme su carácter y proteja al débil mientras aprenden a vivir responsablemente junto a otros.

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