¿Por qué podemos confiar en la Biblia?

Todos construimos nuestra vida sobre alguna autoridad.

Confiamos en nuestros propios pensamientos, en la cultura que nos rodea, en determinadas tradiciones, en personas que respetamos o en aquello que sentimos verdadero.

Pero el cristianismo hace una afirmación mucho más profunda:

Dios ha hablado.

La Biblia no se presenta simplemente como un conjunto de reflexiones religiosas acerca de Dios. Se presenta como la Palabra por medio de la cual Dios se ha dado a conocer, ha revelado su voluntad y ha anunciado su obra de salvación.

Por eso la pregunta no es solamente si la Biblia contiene enseñanzas útiles.

La pregunta es:

¿Podemos confiar en ella como la Palabra de Dios?

Dios no nos dejó dependiendo de nuestras propias ideas

Si Dios existe pero no se revela, solo podríamos especular acerca de Él.

Podríamos mirar la creación y reconocer algo de su poder y grandeza. Podríamos formular ideas religiosas y preguntarnos cómo será Dios. Pero no podríamos conocer con certeza quién es, qué exige de nosotros, cuál es nuestro verdadero problema ni cómo podemos ser reconciliados con Él.

Por eso la revelación es necesaria.

Dios no nos dejó buscando a tientas. Él se ha dado a conocer.

La creación da testimonio de su poder y divinidad, pero en las Escrituras Dios ha hablado de una manera mucho más clara acerca de sí mismo, del hombre, del pecado, de Cristo y de la salvación.

La Biblia existe porque Dios quiso darse a conocer.
La Biblia fue escrita por hombres y es Palabra de Dios

La Escritura no cayó del cielo como un libro terminado.

Fue escrita a lo largo de muchos siglos por autores humanos reales. Moisés escribió como Moisés, David como David, Lucas investigó y escribió como historiador, y Pablo escribió cartas a iglesias concretas que enfrentaban problemas concretos.

Cada autor tenía su vocabulario, personalidad, circunstancias y propósito.

Y, sin embargo, la Biblia enseña que detrás de esos autores estaba la obra de Dios.

Pablo escribió:

“Toda Escritura es inspirada por Dios” (2 Timoteo 3:16, LBLA).

La inspiración no significa que los autores humanos entraron en un estado inconsciente y simplemente copiaron palabras dictadas. Significa que Dios obró de tal manera por medio de ellos que aquello que escribieron fue verdaderamente su Palabra.

Pedro expresó una verdad semejante al enseñar que hombres hablaron de parte de Dios siendo impulsados por el Espíritu Santo.

Por eso podemos afirmar dos cosas al mismo tiempo:

la Biblia fue escrita verdaderamente por hombres y es verdaderamente Palabra de Dios.

Si Dios es veraz, su Palabra también lo es

Nuestra confianza en la Escritura está relacionada con el carácter de Dios.

Dios no miente, no engaña, no comete errores por ignorancia ni descubre posteriormente que estaba equivocado. Por tanto, aquello que Él revela es digno de confianza.

Esto no significa que todas las partes de la Biblia tengan el mismo género literario. Encontramos historia, poesía, proverbios, profecía, cartas, parábolas y lenguaje simbólico. Cada texto debe leerse de acuerdo con lo que realmente pretende comunicar.

Pero cuando la Escritura afirma algo como verdad, podemos recibirlo confiando en el Dios que habla.

Nuestra confianza final en la Biblia no descansa en que podamos responder inmediatamente cada dificultad.

Descansa en el carácter del Dios que se ha revelado.

Jesús recibió las Escrituras como la Palabra de Dios

Para el cristiano, la manera en que Jesús habló de las Escrituras es especialmente importante.

Cristo apeló repetidamente a ellas como autoridad. Frente a la tentación respondió: “Escrito está”. Cuando discutía cuestiones doctrinales preguntaba: “¿No habéis leído?”

Jesús no trató la Escritura como una colección falible de antiguas opiniones religiosas.

La recibió como la Palabra de Dios.

Esto debería pesar profundamente en nuestra manera de pensar.

Si confesamos a Jesús como Señor, no podemos recibir su persona y al mismo tiempo despreciar la autoridad de las Escrituras que Él recibió y enseñó.

La autoridad de la Biblia viene de Dios

La Biblia no se convierte en Palabra de Dios porque una iglesia, un concilio o un pastor le conceda autoridad.

Su autoridad procede del Dios que habla por medio de ella.

La iglesia tiene la responsabilidad de recibir la Palabra, enseñarla, defenderla y obedecerla, pero no está por encima de ella.

Nuestra autoridad final no es un líder cristiano, una denominación, una tradición, nuestra experiencia ni siquiera una confesión de fe, por útil y bíblica que sea.

Todas estas cosas deben ser examinadas a la luz de la Escritura.

La Biblia es la norma por la cual nuestras creencias y prácticas deben ser juzgadas.

¿Cómo sabemos cuáles libros pertenecen a la Biblia?

Los cristianos no creemos que cualquier escrito religioso antiguo forme parte de la Escritura.

En el caso del Nuevo Testamento, las primeras iglesias recibieron y compartieron escritos vinculados a los apóstoles y a su enseñanza. Las cartas circulaban entre congregaciones y los Evangelios eran leídos públicamente.

Con el tiempo se volvió cada vez más claro qué escritos habían sido recibidos ampliamente como apostólicos y cuáles no.

Los concilios posteriores no convirtieron libros comunes en Palabra de Dios.

Más bien, reconocieron formalmente aquello que las iglesias ya venían recibiendo como Escritura.

Esto no significa que todo el proceso histórico fuera sencillo o que nunca hubiera preguntas acerca de determinados libros. Pero sí significa que el canon no apareció arbitrariamente muchos siglos después.

La iglesia recibió los escritos apostólicos y los reconoció como parte de la revelación que Dios había dado.

La Biblia ha sido preservada y transmitida

No poseemos los manuscritos originales escritos directamente por Moisés, Pablo, Juan u otros autores bíblicos.

Lo que poseemos son numerosos manuscritos y copias antiguas que permiten estudiar cómo el texto fue transmitido.

Existen diferencias menores entre algunos manuscritos, algo comprensible porque antes de la imprenta los textos eran copiados a mano. Pero precisamente porque existen numerosos manuscritos, los estudiosos pueden compararlos y detectar esas variantes.

La gran mayoría corresponden a diferencias pequeñas que no alteran el mensaje de la Escritura: variaciones ortográficas, orden de palabras u otros detalles semejantes.

Por eso hablar de transmisión manuscrita no debería producir temor.

Forma parte de la historia real mediante la cual la Biblia ha llegado hasta nosotros.

La Biblia es suficiente

Confiar en la Biblia también significa creer que Dios nos ha dado en ella todo lo necesario para conocer el camino de salvación y vivir delante de Él.

Eso no significa que la Biblia contenga toda la información posible acerca de cada tema.

No es un manual de mecánica, no enseña álgebra ni responde directamente cada decisión particular que tendremos que tomar.

Pero sí contiene todo lo necesario para conocer quién es Dios, comprender nuestra condición, conocer el evangelio y saber cómo debemos vivir en obediencia.

No necesitamos una nueva revelación que complete algo que Dios olvidó decir.

Tampoco necesitamos descubrir una enseñanza secreta reservada para cristianos especialmente espirituales.

La Palabra de Dios es suficiente para aquello que Dios quiso que su pueblo creyera y practicara.

La suficiencia no significa que no necesitemos maestros

Decir que la Biblia es nuestra autoridad suprema no significa que cada cristiano deba vivir aislado pensando: “Solo necesito mi Biblia y nadie puede enseñarme”.

La misma Escritura habla de maestros, pastores y de la responsabilidad de enseñar a otros.

También podemos beneficiarnos de credos, confesiones, comentarios, libros y de creyentes que han estudiado antes que nosotros.

El problema aparece cuando esas ayudas dejan de estar bajo la Escritura y comienzan a competir con ella.

Un buen maestro no busca que dependamos finalmente de él.

Busca ayudarnos a comprender mejor la Palabra de Dios.

La Biblia puede ser comprendida

No todas las partes de la Escritura tienen la misma facilidad.

Hay pasajes que requieren estudio, contexto, conocimiento histórico y ayuda de buenos maestros.

Pero las verdades fundamentales necesarias para la salvación y la vida cristiana no están escondidas detrás de un código secreto accesible solamente a especialistas.

Un creyente común puede leer la Escritura y comprender realmente su mensaje.

Esto tiene enormes consecuencias para el hogar.

Nuestros hijos no necesitan esperar hasta convertirse en teólogos para comenzar a escuchar, leer y comprender la Palabra.

Podemos abrir la Biblia con ellos, leerla, conversar, responder preguntas y aprender juntos.

Debemos leer la Biblia según su contexto

Confiar en la Escritura no significa usar versículos aislados para justificar cualquier idea.

Precisamente porque creemos que es Palabra de Dios, debemos esforzarnos por entender qué está diciendo realmente.

Un versículo tiene un contexto. Un libro tiene un propósito. Una narración no funciona de la misma manera que un proverbio, y una profecía debe entenderse dentro de la historia bíblica.

Además, todo texto forma parte de la gran historia de la redención que encuentra su centro en Cristo.

No honramos la Biblia haciendo que diga lo que nosotros queremos.

La honramos escuchando lo que Dios realmente ha dicho.

La Biblia no fue dada solamente para informarnos

Podemos conocer muchos datos bíblicos y continuar viviendo lejos de Dios.

Saber nombres, fechas, doctrinas y versículos no garantiza obediencia.

La Escritura fue dada para enseñarnos, corregirnos, confrontarnos y formarnos. Nos muestra quién es Dios, expone nuestro pecado, nos anuncia a Cristo, renueva nuestra mente y nos enseña cómo debemos vivir.

Por eso leer la Biblia no debería convertirse únicamente en una actividad intelectual.

La pregunta no es solamente:

“¿Qué aprendí?”

También debemos preguntarnos:

“¿Qué debo creer, abandonar, obedecer o recordar a la luz de lo que Dios ha dicho?”

Nuestros sentimientos no están por encima de la Escritura

Vivimos en una cultura que con frecuencia nos enseña a mirar dentro de nosotros mismos para encontrar la verdad.

“Esto es lo que siento.”

“Esta es mi verdad.”

“Esto me parece correcto.”

Pero nuestros sentimientos pueden cambiar, nuestra percepción puede estar equivocada y nuestro corazón puede justificar aquello que desea.

Por eso necesitamos una Palabra que venga de fuera de nosotros.

La Escritura nos corrige precisamente porque no fue escrita para confirmar siempre nuestras preferencias.

A veces nos consuela.

Otras veces nos confronta.

Pero en ambos casos necesitamos aprender a escucharla.

La Biblia debe tener un lugar real en nuestro hogar

Decir que creemos en la autoridad de la Biblia debería tener consecuencias visibles.

No basta con tener varias Biblias en una estantería.

Nuestros hijos deberían crecer viendo que la Palabra de Dios realmente importa: que acudimos a ella para conocer a Dios, que dejamos que corrija nuestras ideas, que sus enseñanzas influyen en nuestras decisiones y que la leemos tanto en momentos de alegría como de sufrimiento.

También deberían ver algo especialmente importante:

nosotros, como padres, estamos bajo su autoridad.

No enseñamos la Biblia únicamente para corregir a nuestros hijos.

También permitimos que ella nos corrija a nosotros.

Un padre cristiano no dice simplemente: “Debes obedecer porque yo lo digo”.

También reconoce:

“Yo mismo estoy bajo la autoridad de la Palabra de Dios.”

Nuestros hijos no tienen que temer hacer preguntas

Nuestros hijos harán preguntas.

¿Quién escribió la Biblia? ¿Cómo sabemos que no fue cambiada? ¿Por qué hay tantos libros? ¿Por qué existen diferentes traducciones? ¿Cómo sabemos que estos libros pertenecen a la Escritura?

No debemos tratar esas preguntas como una amenaza.

Podemos investigarlas juntos.

La fe cristiana no necesita esconderse de preguntas sinceras.

Queremos que nuestros hijos aprendan a confiar en la Biblia no porque les dijimos que nunca preguntaran, sino porque comprendieron cada vez mejor qué es la Escritura y por qué es digna de confianza.

Escuchar a Dios significa escuchar su Palabra

Todos necesitamos una autoridad final.

La pregunta es cuál será.

¿Nuestra cultura? ¿Nuestros sentimientos? ¿Nuestra experiencia? ¿Una tradición? ¿Una persona?

¿O la Palabra del Dios que no miente?

Confiamos en la Biblia porque creemos que Dios ha hablado, que su Palabra es verdadera y que Él ha dado a su pueblo todo lo necesario para conocer a Cristo y vivir delante de Él.

Por eso la Escritura no ocupa simplemente un lugar importante entre muchas otras voces.

Ocupa un lugar único.

Podemos confiar en la Biblia porque detrás de sus autores humanos está el Dios verdadero que se ha dado a conocer, habla con autoridad y permanece fiel a su Palabra.

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