
La palabra evangelio significa buenas noticias.
Pero para comprender por qué el evangelio es realmente una buena noticia, primero necesitamos entender algo acerca de Dios, de nosotros mismos y del problema que existe entre ambos.
El evangelio no comienza con nosotros. Comienza con Dios.
Dios es santo, justo y Creador
La Biblia presenta a Dios como el Creador de todas las cosas.
Él no depende de nosotros; nosotros dependemos completamente de Él.
Dios es santo, justo y bueno. Su carácter es perfecto y su ley refleja quién es Él.
Eso significa que el pecado no es simplemente cometer errores o fallar en alcanzar nuestro propio potencial. Pecar es rebelarnos contra Dios, vivir como si Él no tuviera derecho sobre nosotros y quebrantar su ley.
La gravedad del pecado solo puede comprenderse cuando entendemos contra quién pecamos.
El problema del hombre es más profundo de lo que pensamos
Muchas veces pensamos que el principal problema del ser humano es la falta de educación, las malas circunstancias, la pobreza, la ignorancia o la ausencia de oportunidades.
Todas esas cosas pueden producir mucho sufrimiento.
Pero la Escritura presenta un problema todavía más profundo:
el hombre está separado de Dios por causa del pecado.
No somos simplemente personas buenas que necesitan un poco de orientación. Necesitamos reconciliación.
Hemos pecado en pensamientos, palabras, deseos y acciones. Hemos amado otras cosas más que a Dios y hemos buscado vivir bajo nuestra propia autoridad.
Por eso estamos bajo juicio.
Si el evangelio fuera solamente “sé una mejor persona”, no sería una buena noticia, porque nuestro problema no puede solucionarse mediante un poco más de esfuerzo.
Cristo vino a hacer lo que nosotros no podíamos hacer
Aquí aparece el corazón del evangelio.
Dios no dejó al pecador sin esperanza.
Jesucristo, el Hijo eterno de Dios, vino al mundo y tomó verdadera naturaleza humana. Vivió la vida de obediencia que nosotros debíamos vivir. No pecó, amó perfectamente al Padre y cumplió la voluntad de Dios.
Después fue a la cruz.
Cristo no murió simplemente como ejemplo de amor ni como víctima de las circunstancias. Murió por pecadores.
En la cruz cargó con el juicio que merecían aquellos a quienes vino a salvar.
La salvación no comienza con lo que nosotros hacemos para acercarnos a Dios. Comienza con lo que Dios hizo en Cristo.
Cristo murió y resucitó
La muerte de Jesús no fue el final.
Al tercer día, Dios lo levantó de entre los muertos.
La resurrección declara que Cristo venció la muerte y que su obra fue aceptada.
El evangelio no anuncia solamente que Jesús murió. Anuncia que Cristo murió por los pecados y resucitó.
Ese es un hecho histórico y también el centro de la esperanza cristiana.
Un Salvador muerto no podría salvarnos.
Pero Cristo vive.
El evangelio es una obra realizada
Esto es importante.
El evangelio no dice: “Haz suficiente bien y Dios quizá te reciba”.
Tampoco dice: “Arregla primero tu vida y después ven a Cristo”, “sé religioso” o “haz una oración y continúa viviendo como siempre”.
El evangelio anuncia algo que ya ocurrió.
Cristo vino, obedeció, murió y resucitó.
La obra necesaria para la salvación no tiene que ser completada por nosotros.
Ha sido realizada por Cristo.
Dios manda a todos a arrepentirse y creer
La respuesta al evangelio no es simplemente admirar lo que Cristo hizo.
Dios llama al pecador a arrepentirse y creer.
Arrepentirse significa abandonar nuestra rebelión contra Dios y volvernos a Él.
Creer significa confiar en Cristo.
No en nuestras buenas obras, nuestra religión, nuestra familia, nuestros sentimientos ni una experiencia pasada.
En Cristo.
La fe no merece la salvación.
La recibe.
La salvación es por gracia
Por eso el evangelio destruye nuestro orgullo.
No podemos presentarnos delante de Dios diciendo: “Lo conseguí”, “fui suficientemente bueno” o “me esforcé más que otros”.
La salvación es por gracia.
Dios salva a pecadores que no pueden salvarse a sí mismos y, precisamente porque es gracia, nadie puede jactarse.
El cristiano no es alguien que descubrió cómo hacerse aceptable delante de Dios.
Es alguien que fue recibido únicamente por causa de Cristo.
El evangelio no es simplemente una invitación a tener una vida mejor
A veces el evangelio se presenta como si Cristo hubiera venido principalmente para hacernos más felices, resolver nuestros problemas o ayudarnos a alcanzar nuestros sueños.
Cristo ciertamente transforma la vida.
Pero el centro del evangelio no somos nosotros.
Es Dios reconciliando pecadores consigo mismo por medio de Cristo.
El evangelio trata primero con nuestra culpa delante de Dios.
Después transforma todo lo demás.
El evangelio produce una nueva vida
La salvación no termina en el perdón.
Quien ha sido unido a Cristo comienza una nueva vida.
No una vida perfecta, pero sí una vida distinta.
El creyente aprende a amar lo que antes despreciaba, lucha contra el pecado, desea obedecer a Dios y comienza a vivir bajo el señorío de Cristo.
Las buenas obras no son la causa de nuestra salvación.
Son fruto de ella.
No obedecemos para que Dios nos acepte.
Obedecemos porque en Cristo hemos sido recibidos.
El evangelio también debe llegar a nuestros hijos
Una de las responsabilidades más importantes de un hogar cristiano es enseñar el evangelio a los hijos.
Pero debemos tener cuidado con algo: crecer en una familia cristiana no convierte automáticamente a un niño en cristiano.
Nuestros hijos pueden conocer historias bíblicas, asistir a la iglesia, aprender versículos y orar con nosotros, y aun así necesitan personalmente arrepentirse y creer en Cristo.
Por eso no debemos limitar la enseñanza espiritual a reglas de conducta.
Nuestros hijos necesitan saber quién es Dios, qué es el pecado, quién es Cristo, qué ocurrió en la cruz, qué significa la resurrección y por qué necesitan un Salvador.
No debemos dar por sentada su conversión
Puede ser tentador hablar a nuestros hijos como si ya fueran creyentes simplemente porque han crecido dentro de la iglesia.
Pero debemos distinguir entre cercanía al evangelio y posesión de la salvación.
Podemos enseñarles con ternura, orar con ellos, responder sus preguntas, mostrarles el carácter de Dios y presentarles a Cristo.
Pero no podemos producir fe en ellos.
Dependemos de Dios para dar vida.
Nuestra tarea es poner delante de ellos con claridad la verdad del evangelio.
Tampoco debemos manipular una decisión
El otro peligro es intentar conseguir una respuesta rápida.
Podemos sentir la tentación de presionar al niño para que repita determinadas palabras, provocar una emoción o hacerle creer que cierta oración garantiza automáticamente que ya es salvo.
Debemos ser cuidadosos.
La conversión es obra de Dios.
Nuestro deber es anunciar fielmente a Cristo y llamar al arrepentimiento y la fe.
Podemos animar a nuestros hijos a venir a Cristo sin fabricar una seguridad que solo Dios puede conceder.
El evangelio debe permanecer en el centro del hogar
El evangelio no es solamente el mensaje con el que empezamos la vida cristiana.
También es la verdad que necesitamos recordar cada día.
Cuando pecamos, cuando fallamos como padres, cuando nuestros hijos fallan, cuando necesitamos pedir perdón, cuando luchamos contra el orgullo o cuando estamos cansados, volvemos a la misma verdad:
nuestra esperanza no está en nuestra perfección.
Está en Cristo.
Una buena noticia para pecadores
El evangelio es buena noticia precisamente porque nosotros no podemos salvarnos.
Dios hizo en Cristo lo que nosotros nunca habríamos podido hacer.
Cristo obedeció donde nosotros desobedecimos, murió por pecadores y resucitó.
Y ahora Dios llama a todos a arrepentirse y creer en Él.
El evangelio no es el anuncio de lo que debemos hacer para llegar a Dios, sino la buena noticia de lo que Dios ha hecho en Cristo para salvar pecadores.
