
Ser cristiano no significa simplemente asistir a una iglesia, conocer la Biblia o intentar comportarse mejor.
La vida cristiana comienza cuando una persona ha sido reconciliada con Dios por medio de Jesucristo. Pero no termina allí.
Quien ha sido unido a Cristo comienza una nueva vida, una vida en la que aprende a obedecer, luchar contra el pecado, amar a Dios, servir a otros y caminar cada día bajo el señorío de Cristo.
Por eso vivir como cristiano no consiste solamente en creer ciertas verdades. También significa aprender a vivir de acuerdo con ellas.
La vida cristiana comienza con Cristo
La vida cristiana no empieza con una lista de hábitos.
Empieza con Cristo.
No somos cristianos porque logramos ordenar nuestra vida, abandonar suficientes pecados o cumplir determinados deberes religiosos. Somos cristianos porque Dios nos ha unido a Cristo por la fe.
Eso cambia el punto de partida.
No obedecemos para convertirnos en hijos de Dios. Obedecemos porque, en Cristo, hemos sido recibidos.
La vida cristiana nace de la gracia.
Una nueva vida produce una nueva dirección
La conversión no significa perfección inmediata.
El creyente sigue luchando con el pecado, todavía falla y todavía necesita arrepentirse.
Pero algo ha cambiado.
Hay una nueva dirección.
El cristiano comienza a amar lo que antes despreciaba y a odiar aquello que antes justificaba. Empieza a desear obedecer a Dios.
No perfectamente, pero realmente.
Eso es parte de la evidencia de una vida nueva.
Vivir como cristiano significa vivir bajo el señorío de Cristo
Jesús no es solamente Salvador.
También es Señor.
Eso significa que ninguna parte de nuestra vida queda fuera de su autoridad: nuestro tiempo, nuestro dinero, nuestro trabajo, nuestra familia, nuestras palabras, nuestros pensamientos, nuestras relaciones y nuestra manera de responder cuando estamos cansados, frustrados o preocupados.
Vivir como cristiano significa aprender a preguntar:
¿Cómo debo vivir aquí delante de Cristo?
La obediencia es fruto, no fundamento
Es importante mantener esto claro.
La obediencia no es la base de nuestra aceptación delante de Dios.
Cristo lo es.
Las buenas obras no compran salvación. La evidencian.
No obedecemos para que Dios nos ame. Obedecemos porque hemos sido amados en Cristo.
Cuando confundimos esto, la vida cristiana se vuelve una carga. Cuando lo entendemos, la obediencia se convierte en una respuesta de gratitud.
La lucha contra el pecado forma parte de la vida cristiana
El creyente no deja de experimentar tentación.
De hecho, muchas veces empieza a ver su pecado con más claridad que antes.
Pero ya no puede vivir en paz con él.
Lucha, se arrepiente, confiesa, busca ayuda y vuelve a levantarse.
La lucha contra el pecado no demuestra ausencia de vida espiritual. Muchas veces demuestra precisamente que existe una batalla que antes no estaba allí.
El peligro no está en luchar.
Está en hacer las paces con aquello que Dios llama pecado.
El arrepentimiento no es solo para el comienzo
A veces pensamos en el arrepentimiento como algo que ocurre únicamente cuando una persona se convierte.
Pero el cristiano necesita arrepentirse durante toda su vida.
Cada vez que reconocemos orgullo, dureza, impaciencia, mentira, egoísmo o incredulidad, volvemos a Dios.
No para ser salvos otra vez, sino porque pertenecemos a Él.
Una vida cristiana madura no es una vida sin arrepentimiento.
Es una vida donde aprendemos a arrepentirnos más rápido y con mayor sinceridad.
La Palabra de Dios forma nuestra mente
No podemos vivir como cristianos si ignoramos la voz de Dios.
La Escritura nos enseña quién es Dios, quiénes somos nosotros y cómo debemos vivir. También corrige nuestras ideas.
Nuestro corazón puede justificar muchas cosas. La cultura puede llamar bueno a lo que Dios llama malo. Nuestros sentimientos pueden engañarnos.
Por eso necesitamos una norma fuera de nosotros mismos.
La Palabra de Dios forma nuestra mente y nos enseña a pensar de acuerdo con la verdad.
La oración expresa dependencia
La oración no es simplemente una disciplina religiosa.
Es una confesión práctica de dependencia.
Cuando oramos, reconocemos que necesitamos a Dios: necesitamos sabiduría, perdón, fortaleza, consuelo, dirección y perseverancia.
La vida cristiana no puede sostenerse solamente con determinación humana.
Necesitamos gracia cada día.
La iglesia no es opcional
La vida cristiana tampoco fue diseñada para vivirse en aislamiento.
Dios reúne a su pueblo en iglesias locales.
Allí escuchamos la Palabra, participamos de la adoración, recibimos cuidado pastoral, servimos a otros, participamos de las ordenanzas y aprendemos a vivir en comunión.
Eso también forma parte de seguir a Cristo.
No somos cristianos privados.
Somos miembros de un cuerpo.
La iglesia nos recuerda que la vida cristiana no gira solamente alrededor de nuestras necesidades individuales.
La vida cotidiana también es espiritual
A veces pensamos que lo espiritual ocurre solamente cuando oramos, leemos la Biblia o estamos reunidos con la iglesia.
Pero la vida cristiana incluye mucho más.
Cómo trabajamos, cómo tratamos a nuestra familia, cómo respondemos a una crítica, cómo usamos el dinero, cómo hablamos cuando nadie nos aplaude, cómo cumplimos una responsabilidad pequeña y cómo tratamos a alguien que no puede ofrecernos nada a cambio.
Todo eso también pertenece a Cristo.
La vida cotidiana es uno de los principales lugares donde nuestra fe se vuelve visible.
La familia es uno de los primeros lugares donde se prueba nuestra fe
Es relativamente fácil parecer paciente durante unas horas.
Es más difícil vivir con paciencia todos los días con las mismas personas.
Por eso el hogar revela mucho de nuestro carácter.
Allí aprendemos a servir, perdonar, pedir perdón, escuchar, corregir con amor, soportarnos y cumplir nuestra palabra.
La vida cristiana no consiste en tener una imagen respetable fuera de casa mientras somos ásperos dentro de ella.
La fe también debe sentirse en el hogar.
El cristiano aprende a amar a otros
Jesús resumió la ley en amor a Dios y amor al prójimo.
Por eso una vida cristiana madura no puede reducirse al conocimiento doctrinal.
La doctrina verdadera debe producir amor.
Eso no significa sentimentalismo.
Amar también puede signific corregir, decir la verdad, servir, soportar, perdonar y buscar el bien del otro.
El amor cristiano tiene forma concreta.
También aprendemos a sufrir de otra manera
Seguir a Cristo no significa quedar libres de sufrimiento.
El cristiano también enfrenta enfermedad, pérdida, decepción, injusticia y dolor.
Pero no sufre sin esperanza.
Sabe que Dios no ha perdido el control, que Cristo venció la muerte y que el sufrimiento presente no tendrá la última palabra.
Eso no elimina el dolor.
Pero cambia la manera de atravesarlo.
La vida cristiana requiere perseverancia
Comenzar es importante.
Pero también necesitamos continuar.
Habrá temporadas de mucho gozo y otras de cansancio; momentos de claridad y otros de lucha.
La vida cristiana no se sostiene por entusiasmo constante.
Se sostiene por la gracia de Dios.
Por eso perseverar significa seguir mirando a Cristo cuando nuestras emociones cambian: seguir obedeciendo, creyendo, arrepintiéndonos, congregándonos y esperando.
No vivimos para construir nuestra propia justicia
Uno de los peligros más sutiles de la vida cristiana es comenzar por gracia y después intentar vivir por mérito.
Podemos empezar a medirnos por cuánto hacemos, cuánto conocemos o cuánto servimos.
Entonces volvemos a poner la mirada en nosotros.
Pero nuestra esperanza sigue estando en Cristo.
Incluso nuestros mejores días necesitan gracia, e incluso nuestras mejores obras son fruto de lo que Dios está haciendo en nosotros.
Eso nos libra tanto del orgullo como de la desesperación.
Vivir como cristiano es aprender a mirar a Cristo
Al final, la vida cristiana no consiste en mirarnos constantemente a nosotros mismos.
Consiste en mirar a Cristo.
Recordar quién es, descansar en su obra, escuchar su Palabra, seguirlo, obedecerlo, volver a Él cuando fallamos y esperar en Él cuando sufrimos.
Y aprender, poco a poco, a vivir de una manera que corresponda con la gracia que hemos recibido.
Vivir como cristiano significa caminar cada día bajo el señorío de Cristo, no para ganar la gracia de Dios, sino porque esa gracia ya nos ha alcanzado en Él.
