
Cuando comenzamos a pensar seriamente en la educación de nuestros hijos, tarde o temprano aparece una pregunta importante: ¿qué libros deberían leer?
No basta con que un libro contenga información correcta. Tampoco basta con que tenga muchas ilustraciones, ejercicios o actividades.
Charlotte Mason utilizaba una expresión que ayuda mucho a responder esta pregunta: libros vivos.
Un libro vivo no solo entrega datos, sino que pone al niño en contacto con ideas, personas, lugares y acontecimientos de una manera que despierta su mente y su imaginación.
Más que información
Hay libros que presentan una materia como una colección de datos que deben memorizarse: fechas, definiciones, nombres o listas de acontecimientos.
Todo eso puede tener su lugar, pero la educación no consiste simplemente en acumular información.
Imaginemos que queremos enseñar a nuestros hijos acerca de una expedición.
Un libro escolar podría decirnos cuándo ocurrió, qué ruta siguieron los exploradores y qué lugares atravesaron. Un libro vivo puede llevarnos junto a ellos.
Nos permite sentir el frío, comprender sus temores, conocer las decisiones que tuvieron que tomar y descubrir el mundo a través de sus ojos.
Los hechos siguen estando allí, pero ahora aparecen dentro de una historia que la mente puede comprender, imaginar y recordar.
Un autor que tiene algo que decir
Una de las características de un libro vivo es que normalmente podemos percibir detrás de él la voz de un autor.
No parece escrito simplemente para cubrir una lista de contenidos. El autor conoce su tema, lo encuentra valioso y quiere comunicárselo al lector.
Por eso el libro tiene personalidad.
Puede tratar sobre historia, ciencia, naturaleza, literatura o biografía, pero sentimos que alguien nos está contando algo que vale la pena conocer.
Esa voz personal es importante porque las ideas no llegan al niño como información fría, sino como pensamientos que puede considerar, imaginar y hacer suyos.
Los libros vivos alimentan la imaginación
Cuando un niño lee una buena historia, no recibe todo terminado.
Tiene que imaginar los lugares, observar a los personajes, anticipar lo que puede ocurrir y preguntarse qué habría hecho él en esa situación.
Por eso la buena literatura puede hacer algo que muchas explicaciones no consiguen: involucrar interiormente al niño.
Esto ocurre también fuera de la ficción.
Una buena biografía puede hacer que admire el valor de una persona. Un relato histórico puede ayudarlo a comprender una época. Un buen libro de naturaleza puede hacer que salga al jardín y mire una planta con nuevos ojos.
El libro continúa trabajando incluso después de haber sido cerrado.
No significa que todos los libros antiguos sean buenos
A veces podemos confundir la idea de libro vivo con ciertas características externas.
Un libro no es vivo simplemente porque sea antiguo, tenga lenguaje difícil, sea un clásico, no tenga ilustraciones o haya sido recomendado por alguien que sigue a Charlotte Mason.
También existen clásicos poco apropiados para determinado niño, libros antiguos mal escritos y obras excelentes publicadas recientemente.
La pregunta principal no es simplemente cuándo fue escrito, sino qué clase de alimento ofrece a la mente.
Podemos preguntarnos:
- ¿Presenta ideas?
- ¿Tiene buena calidad literaria?
- ¿Respeta la inteligencia del niño?
- ¿Despierta curiosidad?
- ¿Invita a pensar?
Esas preguntas pueden ayudarnos mucho más que mirar únicamente la fecha de publicación.
Un libro vivo no necesita explicar todo
Los buenos libros tampoco intentan decirle al niño constantemente qué debe pensar.
Le presentan algo verdadero, bello, interesante o significativo y le permiten relacionarse con ello.
Esto requiere cierta confianza.
Como padres podemos sentir la tentación de detener la lectura cada pocos minutos para explicar, interpretar o preguntar qué aprendieron. Pero muchas veces es mejor permitir que el libro hable.
Después podemos pedir al niño que narre lo que ha escuchado o leído.
Cuando narra, no está simplemente respondiendo un cuestionario. Tiene que recordar, ordenar y expresar las ideas con sus propias palabras.
Así descubrimos qué captó realmente su mente.
¿Cómo reconocer un libro vivo?
No existe una fórmula matemática, pero podemos hacernos algunas preguntas sencillas.
¿El libro despierta el deseo de seguir leyendo? ¿Presenta personas y acontecimientos de manera concreta? ¿El lenguaje es rico sin ser artificial? ¿Hay ideas que pueden permanecer en la mente? ¿Sentimos que el autor conoce y ama su tema? ¿El niño podría contar algo significativo después de escucharlo?
Si la respuesta es sí a varias de estas preguntas, probablemente estamos delante de un buen candidato.
No necesitamos una biblioteca enorme
Cuando descubrimos el concepto de libros vivos puede aparecer otro peligro: querer reemplazar inmediatamente todos los libros de casa.
No es necesario.
Podemos empezar con calma: elegir un buen libro, leerlo juntos, conversar sobre él, permitir que nuestros hijos narren y observar qué ideas despierta.
Poco a poco podemos construir una biblioteca familiar donde los libros no estén simplemente ocupando un estante, sino formando parte de la vida del hogar.
Los libros son medios, no el fin
Finalmente, debemos recordar algo importante.
Los libros son herramientas extraordinarias, pero no son el objetivo final de la educación.
Queremos que nuestros hijos aprendan a pensar, a observar, a amar lo verdadero y lo bello, a comprender el mundo que Dios ha creado y a vivir sabiamente dentro de él.
Un buen libro puede acompañarnos en esa tarea.
Puede introducir a nuestros hijos en conversaciones que comenzaron mucho antes de que ellos nacieran, mostrarles lugares que nunca han visitado, presentarles personas que vivieron hace siglos y sembrar ideas que permanezcan durante toda una vida.
Un libro vivo no simplemente llena la mente de información. Le da a la mente algo sobre lo cual vivir y crecer.
