Constantino y el gran cambio para la iglesia

Durante casi tres siglos, los cristianos habían aprendido a vivir como una minoría dentro del Imperio romano.

En algunos periodos disfrutaron de relativa tranquilidad. En otros fueron perseguidos, encarcelados o ejecutados. A comienzos del siglo IV, durante la persecución asociada con Diocleciano y otros emperadores, las autoridades incluso intentaron debilitar seriamente la presencia cristiana dentro del Imperio.

Pero en unas pocas décadas la situación cambió de manera extraordinaria.

El cristianismo pasó de ser una religión que podía ser perseguida a recibir protección legal y, posteriormente, un creciente favor imperial.

En el centro de esta transformación aparece un nombre inevitable:

Constantino.

Su relación con el cristianismo cambiaría profundamente las condiciones en las que vivía la iglesia. Pero también abriría preguntas nuevas que los cristianos tendrían que aprender a enfrentar.

Un cambio que pocos habrían imaginado

A comienzos del siglo IV, el Imperio romano estaba dividido entre varios gobernantes que competían por el poder. Constantino era uno de ellos.

Antes de una batalla decisiva cerca de Roma en el año 312, afirmó haber recibido una señal relacionada con el Dios de los cristianos. Las fuentes antiguas relatan el episodio de maneras diferentes, por lo que algunos detalles siguen siendo discutidos.

Lo que sí está claro es que, después de su victoria, la actitud de Constantino hacia el cristianismo se volvió cada vez más favorable.

Aquello debió resultar sorprendente para los creyentes.

Una generación había visto a las autoridades destruir lugares de reunión y perseguir cristianos. Ahora un emperador mostraba simpatía hacia la misma fe que poco antes había sido objeto de sospecha.

El cristianismo recibió libertad legal

En el año 313, Constantino y Licinio acordaron una política que concedía libertad religiosa a los cristianos y a otros grupos dentro del Imperio.

Tradicionalmente este acuerdo es conocido como el Edicto de Milán.

El cambio fue enorme.

Los cristianos ya no debían vivir bajo la misma amenaza legal que habían conocido durante determinadas persecuciones anteriores. Los bienes confiscados podían ser restituidos y las iglesias podían reunirse con una seguridad mucho mayor.

Pero debemos hacer una aclaración importante:

Constantino no convirtió en ese momento al cristianismo en la religión oficial del Imperio.

Eso ocurriría mucho más tarde, bajo otro emperador.

Lo que cambió bajo Constantino fue primero la situación legal de los cristianos y, progresivamente, la relación entre el poder imperial y la iglesia.

De perseguidos a favorecidos

La tolerancia pronto se convirtió en algo más que simple libertad.

Constantino comenzó a conceder privilegios a la iglesia y a sus líderes. Se construyeron grandes edificios para el culto cristiano, algunos obispos recibieron reconocimiento público y el emperador intervino en determinados conflictos eclesiales y ofreció recursos para proyectos relacionados con la iglesia.

Para muchos cristianos aquello debió parecer una respuesta extraordinaria de la providencia de Dios.

Después de generaciones de inseguridad podían reunirse públicamente, enseñar y desarrollar su vida congregacional sin el mismo temor a una persecución imperial.

Había mucho por lo cual agradecer.

Pero al mismo tiempo estaba comenzando un problema completamente nuevo.

La iglesia tendría que aprender a vivir cerca del poder

Durante las persecuciones, la relación entre la iglesia y el poder político era relativamente sencilla: el Estado podía tolerar a los cristianos o perseguirlos.

Ahora un emperador quería favorecerlos.

Esto generaba preguntas difíciles.

¿Hasta qué punto podía la iglesia recibir ayuda del gobierno? ¿Qué ocurriría si un gobernante comenzaba a intervenir en asuntos doctrinales? ¿El favor político fortalecería a la iglesia o terminaría debilitándola?

Estas preguntas no se resolvieron inmediatamente.

De hecho, continuarían apareciendo durante siglos.

El cambio iniciado en tiempos de Constantino nos permite observar que la iglesia puede enfrentar peligros tanto cuando el Estado la persigue como cuando comienza a acercarse demasiado a ella.

¿Constantino realmente era cristiano?

Esta pregunta aparece inevitablemente cuando estudiamos este periodo.

¿Constantino realmente creyó en Cristo? ¿O simplemente descubrió que apoyar a los cristianos podía beneficiarlo políticamente?

La respuesta histórica no es completamente sencilla.

Constantino habló favorablemente del Dios cristiano y apoyó ampliamente a la iglesia. También intervino en asuntos que muestran un interés real por la unidad del cristianismo.

Sin embargo, continuó participando durante algún tiempo en prácticas y símbolos propios del mundo romano, y su vida política estuvo lejos de mostrar siempre el carácter que esperaríamos de un discípulo maduro de Cristo.

Además, fue bautizado cerca del final de su vida, algo que no era completamente inusual en aquella época.

Por eso debemos evitar respuestas demasiado simples.

No podemos ver su corazón.

Podemos examinar sus decisiones y reconocer que su relación con el cristianismo fue real e históricamente decisiva, sin necesidad de convertirlo en un héroe perfecto ni afirmar con certeza aquello que solamente Dios conoce.

Cuando ser cristiano comenzó a resultar conveniente

Aquí encontramos una de las consecuencias más importantes de aquel cambio.

Durante los periodos de persecución, identificarse públicamente como cristiano podía tener un costo.

Después de Constantino, la situación comenzó lentamente a invertirse.

La iglesia obtuvo mayor prestigio, sus líderes adquirieron influencia, los edificios cristianos se hicieron visibles y el cristianismo comenzó a ocupar un espacio cada vez más importante dentro de la vida pública.

Eso creó un problema que todavía podemos reconocer fácilmente:

cuando ser cristiano comienza a ser socialmente conveniente, no todos los que adoptan el nombre cristiano necesariamente han abrazado la fe cristiana.

La iglesia tuvo que aprender a distinguir entre crecimiento verdadero y simple popularidad.

El número de personas identificadas con el cristianismo aumentaría considerablemente durante los siglos posteriores. Eso permitió una expansión impresionante, pero también trajo nuevos desafíos.

Cuando una fe perseguida se convierte en una fe respetable, pueden acercarse personas por razones culturales, familiares, políticas o sociales.

Esto nos deja una lección que sigue siendo válida:

una iglesia más grande no necesariamente es una iglesia más sana.

No podemos medir la salud de una congregación simplemente por su tamaño, influencia o reconocimiento público.

Una iglesia puede crecer y, al mismo tiempo, debilitarse espiritualmente. Otra puede ser pequeña y mantenerse profundamente fiel.

El éxito visible no siempre es igual a fidelidad.

El emperador comenzó a involucrarse en los conflictos de la iglesia

Uno de los ejemplos más importantes apareció cuando surgió una gran controversia acerca de la persona de Cristo.

Un maestro llamado Arrio comenzó a enseñar ideas que negaban la plena eternidad y divinidad del Hijo.

El conflicto se extendió ampliamente.

Constantino estaba preocupado porque aquella disputa amenazaba la unidad de la iglesia y, desde su perspectiva, también podía afectar la estabilidad del Imperio.

Por eso apoyó la convocatoria de una reunión de obispos en la ciudad de Nicea en el año 325.

Aquella reunión llegaría a ser uno de los concilios más importantes de la historia cristiana.

Aquí vemos claramente el nuevo escenario.

Un emperador romano estaba involucrado en crear las condiciones para que líderes cristianos discutieran una cuestión doctrinal.

Décadas antes habría sido difícil imaginar algo semejante.

Constantino no decidió la doctrina de Nicea

También aquí necesitamos evitar una idea bastante extendida.

Constantino no se sentó en Nicea y decidió arbitrariamente qué debían creer los cristianos acerca de Jesucristo.

La controversia sobre la persona del Hijo ya existía dentro de la iglesia.

Los obispos discutieron utilizando las Escrituras, la enseñanza recibida y argumentos teológicos. El emperador tenía un fuerte interés en que alcanzaran unidad, pero la cuestión doctrinal no fue simplemente una invención política imperial.

Esto será especialmente importante cuando estudiemos Nicea con mayor detalle.

La gran pregunta allí sería:

¿Quién es Jesucristo?

Y la respuesta tendría consecuencias fundamentales para el evangelio mismo.

La libertad trajo beneficios reales

Sería demasiado fácil mirar todo lo ocurrido después de Constantino solamente de manera negativa.

La libertad produjo beneficios reales.

Los cristianos pudieron reunirse públicamente. La enseñanza pudo extenderse. Se construyeron lugares de reunión. Los líderes podían viajar y encontrarse con mayor facilidad. Algunos recursos económicos fueron utilizados para servir a comunidades cristianas y la iglesia pudo desarrollar obras de misericordia y enseñanza con mayor libertad.

También aparecieron nuevas oportunidades para que el evangelio alcanzara lugares y personas a las que anteriormente podía resultar mucho más difícil llegar.

La libertad religiosa es un bien por el que podemos estar agradecidos.

El problema no fue que los cristianos dejaran de ser perseguidos.

La persecución no es algo que la iglesia deba desear.

El problema apareció con las nuevas tentaciones que acompañaban al prestigio y al poder.

El poder también podía poner a prueba a la iglesia

Dinero, posición, influencia, favor político y acceso al emperador podían ser utilizados para buenos propósitos.

Pero también podían corromper.

Los líderes cristianos podían comenzar a buscar apoyo imperial para resolver sus disputas. Los gobernantes podían intervenir en asuntos que pertenecían a la iglesia. Y algunas personas podían acercarse al cristianismo no porque hubieran sido convencidas por el evangelio, sino porque ahora resultaba socialmente ventajoso.

La persecución prueba a la iglesia de una manera.

El poder la prueba de otra.

La nueva relación entre iglesia e Imperio tendría consecuencias enormes durante la historia posterior.

Antes de Constantino resultaba bastante evidente que la iglesia y el Imperio eran realidades diferentes. Después, sus relaciones comenzaron a estrecharse.

Con el tiempo surgirían modelos en los que las autoridades civiles tendrían una participación mucho mayor en asuntos religiosos. Más adelante también aparecerían situaciones en las que líderes eclesiásticos ejercerían una enorme influencia política.

No todo eso ocurrió bajo Constantino.

Muchos de esos desarrollos fueron posteriores.

Pero su gobierno representa un verdadero punto de inflexión en la historia de la relación entre iglesia y Estado.

La iglesia no necesitaba un emperador para sobrevivir

Hay algo que no debemos olvidar.

Cuando Constantino comenzó a favorecer a los cristianos, la iglesia ya llevaba casi tres siglos existiendo.

Había atravesado persecuciones, producido pastores, maestros y mártires, plantado congregaciones en numerosos lugares, defendido el evangelio frente a falsas enseñanzas y transmitido las Escrituras.

El emperador no creó la iglesia.

Tampoco la salvó de desaparecer.

Cristo ya estaba edificando su iglesia mucho antes de que un emperador decidiera favorecerla.

Esto nos ayuda a colocar el poder político en su verdadero lugar.

La iglesia puede agradecer la protección de un gobierno justo.

Pero su existencia no depende finalmente del favor de ningún gobierno.

La libertad también debe utilizarse con fidelidad

Nosotros podemos aprender algo importante de aquella generación.

Es fácil pensar en la libertad religiosa simplemente como un derecho que disfrutamos.

Pero también es una responsabilidad.

Si podemos reunirnos libremente, enseñar la Biblia, publicar contenido cristiano, educar a nuestros hijos y compartir el evangelio sin temor, debemos preguntarnos:

¿Qué estamos haciendo con esa libertad?

Los primeros cristianos muchas veces tuvieron que aprender a ser fieles cuando seguir a Cristo tenía un costo.

Nosotros necesitamos aprender a ser fieles también cuando seguirlo resulta relativamente cómodo.

La comodidad puede ser una prueba tan real como la oposición.

Nuestros hijos necesitan distinguir entre cristianismo y cultura

Durante siglos han existido sociedades donde identificarse como cristiano era algo normal.

Eso puede llevar fácilmente a confundir cristianismo con cultura.

Una persona puede crecer aprendiendo costumbres cristianas, asistiendo a una iglesia y participando de tradiciones religiosas sin haber comprendido personalmente el evangelio.

Por eso nuestros hijos necesitan saber que ser parte de una familia cristiana no los convierte automáticamente en cristianos.

La fe no se hereda como un apellido.

Necesitan escuchar el evangelio, conocer quién es Cristo y ser llamados al arrepentimiento y a la fe.

La historia posterior a Constantino muestra lo fácil que puede resultar confundir una sociedad cristianizada con una sociedad llena de verdaderos discípulos.

No son necesariamente lo mismo.

Tampoco necesitamos héroes perfectos ni villanos absolutos

Podríamos presentar a Constantino como el héroe que terminó con la persecución y salvó a la iglesia.

También podríamos presentarlo como el hombre que corrompió completamente el cristianismo.

Ambas explicaciones son demasiado simples.

La historia suele ser más compleja.

Hubo beneficios reales y también nuevos peligros. Hubo decisiones prudentes y otras discutibles. Hubo libertad para la iglesia y una creciente cercanía con el poder político que traería consecuencias difíciles.

Enseñar historia cristiana de esta manera puede ayudar a nuestros hijos a desarrollar discernimiento.

No necesitan héroes perfectos ni villanos que expliquen todo.

Necesitan aprender a observar la providencia de Dios en medio de decisiones humanas complejas.

Cristo sigue siendo el Señor de su iglesia

El cambio ocurrido en el siglo IV fue enorme.

Una iglesia que recientemente había experimentado una de las persecuciones más severas de su historia comenzó a recibir reconocimiento y apoyo de la misma estructura imperial.

Pero el Señor de la iglesia no había cambiado.

No era Diocleciano cuando perseguía.

Tampoco era Constantino cuando favorecía.

Cristo seguía siendo Señor.

Los gobiernos pueden perseguir, tolerar, favorecer e incluso intentar controlar.

Pero ninguno ocupa el lugar de Cristo.

Esta es quizá una de las lecciones más importantes que podemos extraer de aquel periodo.

La iglesia frente al poder

La historia de Constantino nos ayuda a evitar dos errores.

No debemos pensar que la persecución es necesaria para que la iglesia sea fiel. La libertad es un regalo por el que podemos dar gracias.

Pero tampoco debemos pensar que la cercanía al poder político garantiza la salud de la iglesia.

Puede traer oportunidades y, al mismo tiempo, nuevas tentaciones.

La seguridad de la iglesia nunca ha dependido finalmente de un emperador, un presidente, una ley o una cultura favorable.

Depende de Cristo.

El tiempo de Constantino nos recuerda que la iglesia puede agradecer la libertad y utilizar las oportunidades que Dios concede, pero nunca debe olvidar que su identidad, su mensaje y su esperanza no proceden del poder político, sino de Jesucristo, quien es el único Señor de su pueblo.

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