
Hablar de disciplina eclesial puede producir cierta incomodidad.
Para algunas personas, la palabra disciplina recuerda experiencias de autoritarismo, humillación pública o abuso espiritual. Otras prefieren evitar completamente el tema porque piensan que amar significa simplemente aceptar a las personas tal como están.
Pero la disciplina bíblica no nace del deseo de controlar a los creyentes.
Nace del amor de Cristo por su iglesia.
Si la iglesia es un pueblo que pertenece a Cristo, entonces no puede tratar el pecado persistente como si no importara. Dios llama a su pueblo a caminar en santidad y ha dado a la iglesia medios para cuidar, corregir y, cuando sea necesario, confrontar a quienes se apartan de ese camino.
Por eso la disciplina no debería verse como algo extraño añadido a la vida de la iglesia.
Es una expresión del cuidado que los creyentes tienen unos por otros bajo la autoridad de Cristo.
La disciplina comienza mucho antes de una medida formal
Cuando escuchamos hablar de disciplina eclesial, podemos pensar inmediatamente en alguien que ha sido excluido de una congregación.
Pero esa es solamente una parte del proceso, y normalmente la última.
La disciplina cristiana comienza mucho antes: cuando nos enseñamos unos a otros la Palabra, cuando un hermano nos advierte con amor, cuando alguien señala una conducta pecaminosa, cuando un pastor aconseja a un miembro o cuando dos creyentes procuran resolver una ofensa.
En ese sentido, toda iglesia sana vive continuamente una forma de disciplina.
Somos enseñados, corregidos, exhortados y animados.
La predicación misma tiene una función formativa y correctiva, porque la Palabra de Dios no solamente consuela: también expone aquello que necesita cambiar.
Por eso podemos distinguir entre una disciplina formativa, que ocurre continuamente mediante la enseñanza y el cuidado mutuo, y una disciplina correctiva, que se vuelve necesaria cuando aparece un pecado serio que no está siendo abandonado.
Cristo enseñó a confrontar el pecado buscando restauración
Jesús no dejó a su iglesia sin orientación para enfrentar los conflictos y el pecado.
En Mateo 18 enseñó que, cuando un hermano peca, debemos comenzar acercándonos personalmente a él.
La meta inicial no es informar a toda la iglesia.
Es ganar al hermano.
Eso revela el espíritu de todo el proceso.
No buscamos vencer una discusión, avergonzar a alguien ni demostrar que teníamos razón.
Buscamos restaurar.
Si el hermano escucha y se arrepiente, el asunto no necesita avanzar innecesariamente. Si no escucha, Cristo enseña a involucrar a una o dos personas más. Solo cuando existe una negativa persistente a escuchar, el asunto puede llegar finalmente ante la iglesia.
La progresión misma protege contra la precipitación.
No todo pecado requiere disciplina pública
Los cristianos pecamos unos contra otros con frecuencia.
Decimos palabras imprudentes, actuamos egoístamente, nos impacientamos y fallamos de muchas maneras.
Si cada pecado terminara inmediatamente delante de toda la congregación, la vida de la iglesia sería imposible.
La Escritura también nos enseña a soportarnos, perdonarnos y cubrir muchas ofensas con amor.
Por eso debemos distinguir entre el pecado cotidiano que puede ser tratado mediante perdón, conversación y crecimiento cristiano, y aquellas situaciones donde existe un pecado serio acompañado de una negativa persistente a arrepentirse.
La disciplina formal no debería activarse simplemente porque alguien cometió un pecado.
La pregunta decisiva suele ser:
¿Qué actitud está mostrando esa persona cuando la Palabra de Dios confronta su pecado?
Un creyente puede caer gravemente y, sin embargo, mostrar verdadero quebrantamiento y arrepentimiento.
Otro puede cometer algo que inicialmente parece menos grave, pero endurecerse, justificarlo y rechazar toda corrección.
La disciplina tiene mucho que ver con esa persistencia sin arrepentimiento.
La meta es recuperar al hermano
Esto es fundamental.
La disciplina bíblica no busca destruir a una persona.
Busca recuperarla.
Pablo escribió:
“Hermanos, aun si alguno es sorprendido en alguna falta, vosotros que sois espirituales, restauradlo en un espíritu de mansedumbre” (Gálatas 6:1, LBLA).
La palabra restaurar comunica muy bien el propósito.
Cuando algo está quebrado, intentamos repararlo. De manera semejante, cuando un hermano se aparta, la iglesia desea verlo volver.
Por eso el tono importa.
Podemos defender una práctica bíblica y ejecutarla de una manera profundamente pecaminosa.
La disciplina ejercida con orgullo, ira, deseo de castigar o satisfacción ante la caída de otro contradice su propósito.
Quien corrige debe recordar que también necesita gracia.
Amar no significa ignorar el pecado
Nuestra cultura suele identificar el amor con aprobación.
Si amas a alguien, se supone que nunca deberías decirle que está equivocado.
Pero esa idea de amor es muy distinta de la bíblica.
Si vemos a alguien caminando hacia algo que puede destruirlo, permanecer en silencio no siempre es amor.
Un padre que ama a su hijo lo corrige. Un médico que busca el bien de su paciente no oculta un diagnóstico grave.
De la misma manera, una iglesia que ama a sus miembros no puede simplemente observar cómo alguien se entrega persistentemente al pecado y decir:
“Eso es asunto suyo”.
La indiferencia puede parecer más cómoda.
Pero no necesariamente es más amorosa.
El amor bíblico desea el bien espiritual del hermano, incluso cuando eso requiere una conversación difícil.
La disciplina protege al pecador, a la iglesia y al testimonio del evangelio
La disciplina no tiene solamente una dimensión individual.
El pecado tolerado públicamente puede afectar a toda una congregación.
En 1 Corintios 5, Pablo confrontó a una iglesia que estaba tolerando una situación grave de inmoralidad. Su preocupación no era únicamente por la persona involucrada, sino también por la iglesia.
Utilizó la imagen de la levadura que afecta toda la masa.
Cuando una congregación afirma que la Palabra de Dios es su autoridad pero deliberadamente ignora pecados graves y públicos entre quienes profesan pertenecer a Cristo, su propio testimonio queda comprometido.
La disciplina recuerda que la iglesia no puede definir por sí misma qué significa seguir a Cristo.
Cristo es quien gobierna a su pueblo.
Además, la iglesia hace una afirmación visible delante del mundo: Jesucristo salva pecadores y transforma vidas.
Eso no significa que sus miembros sean perfectos. La iglesia está formada por pecadores que todavía necesitan gracia.
Pero existe una diferencia entre una iglesia formada por pecadores arrepentidos y una iglesia que aprende a celebrar o ignorar el pecado.
La disciplina no afirma que los cristianos nunca pecan.
Afirma algo distinto: quienes pertenecen a Cristo no pueden hacer del pecado su hogar sin que la iglesia los llame al arrepentimiento.
¿Qué ocurre cuando alguien se niega a escuchar?
Esta es la parte más dolorosa.
Puede llegar un momento en que una persona que profesa ser creyente rechace repetidamente la corrección.
Ha sido confrontada, ha recibido tiempo, ha sido llamada al arrepentimiento y otros hermanos han intentado ayudarla.
La iglesia ha procurado restaurarla.
Y, sin embargo, permanece obstinadamente aferrada a su pecado.
En esas circunstancias, el Nuevo Testamento enseña que la iglesia puede llegar a dejar de reconocer responsablemente a esa persona como alguien cuya profesión de fe puede ser afirmada por la congregación.
Esto se expresa mediante la exclusión de la membresía y de la comunión de la Cena del Señor.
No significa que la iglesia pueda declarar infaliblemente el estado eterno del corazón de alguien.
Solamente Dios conoce perfectamente a los suyos.
Significa que la congregación ya no puede continuar diciendo públicamente:
“Reconocemos la profesión cristiana de esta persona” mientras ella persiste deliberadamente en negar con su vida aquello que profesa con sus labios.
La exclusión no es venganza y el arrepentimiento cambia el proceso
Una iglesia nunca debería disfrutar excluyendo a alguien.
Si llega a ese punto, debería hacerlo con dolor, porque se trata de una relación quebrada.
Un miembro que caminaba con nosotros ahora está siendo tratado como alguien que necesita nuevamente escuchar el llamado del evangelio.
Pero incluso entonces la esperanza permanece.
Todavía podemos orar, llamar al arrepentimiento y esperar.
Y si la persona se arrepiente verdaderamente, la iglesia debería estar dispuesta a perdonar y restaurar.
La disciplina no tiene como meta llevar obligatoriamente a alguien hasta la exclusión.
Si aparece verdadero arrepentimiento, la dirección cambia.
Eso no significa que todas las consecuencias del pecado desaparezcan inmediatamente. Una persona puede ser perdonada y aun necesitar tiempo para reconstruir la confianza. Un pecado puede haber producido daños que requieren reparación y, en determinados casos, alguien puede quedar descalificado de ciertas responsabilidades aunque haya sido restaurado a la comunión cristiana.
Perdón no significa fingir que nada ocurrió.
Pero sí significa que la iglesia reconoce con gozo la obra de la gracia cuando un pecador se vuelve de su pecado.
No queremos castigar a alguien que Dios está llevando al arrepentimiento. Queremos ayudarlo a caminar nuevamente.
Los pastores guían, pero la iglesia también tiene responsabilidad
Los pastores deben cuidar a la iglesia.
Por eso suelen tener un papel importante cuando aparecen situaciones de pecado serio. Deben investigar con prudencia, escuchar, aconsejar, enseñar y evitar conclusiones apresuradas.
Pero la disciplina eclesial no debería convertirse simplemente en una decisión privada del pastor.
Especialmente cuando se llega a una medida que afecta la membresía, la congregación tiene una responsabilidad real.
Esto corresponde a la naturaleza misma de la membresía.
La iglesia que recibió públicamente a una persona también debe tomar en serio aquellas circunstancias en las que ya no puede afirmar responsablemente su profesión.
Los pastores guían. La congregación actúa como iglesia.
La disciplina exige prudencia, justicia y confidencialidad
Precisamente porque estamos tratando con personas, reputaciones, familias y asuntos espirituales serios, nunca deberíamos actuar impulsivamente.
Puede haber acusaciones falsas. Puede existir información incompleta. Dos personas pueden describir un mismo conflicto de maneras muy diferentes.
También existen situaciones complejas en las que debemos distinguir entre pecado, inmadurez, enfermedad, debilidad, desacuerdo y abuso.
Por eso una iglesia sana escucha, pregunta, busca testigos cuando corresponde, distingue entre hechos y rumores, evita convertir sospechas en certezas y procura que cualquier acusación seria pueda ser examinada de manera justa.
La disciplina bíblica no abandona la verdad en nombre del amor.
Pero tampoco abandona la justicia en nombre de la disciplina.
La confidencialidad también importa.
Hay momentos en los que una iglesia necesita conocer una situación, pero eso no significa que todos necesiten conocer cada detalle.
Compartir información innecesaria puede convertirse en chisme.
Incluso cuando un asunto llega ante la congregación, debemos preguntarnos qué información es realmente necesaria para actuar responsablemente.
La disciplina no da licencia para humillar.
El pecado puede requerir suficiente exposición para proteger a otros o para que la iglesia pueda actuar, pero la dignidad de las personas continúa importando.
Los casos de abuso requieren un cuidado especial
Hablar de disciplina exige dejar algo muy claro.
Mateo 18 no debería utilizarse para obligar a una víctima de violencia, abuso sexual u otros delitos a reunirse en privado con quien la ha dañado antes de buscar protección.
La iglesia tampoco debe utilizar sus procesos internos para ocultar delitos ni impedir que las autoridades legítimas intervengan cuando corresponde.
El cuidado pastoral y la responsabilidad civil no son enemigos.
Una iglesia puede buscar arrepentimiento y restauración espiritual y, al mismo tiempo, reconocer que determinados actos tienen consecuencias legales.
Proteger al vulnerable forma parte del cuidado cristiano.
La disciplina nunca debería convertirse en una herramienta que protege al poderoso y silencia al débil.
La pregunta también es cómo recibimos nosotros la corrección
Es fácil leer acerca de disciplina pensando siempre en el pecado de otra persona.
Pero existe una pregunta mucho más cercana:
¿Cómo respondo yo cuando alguien me corrige?
¿Escucho? ¿Me pongo inmediatamente a la defensiva? ¿Busco justificarme? ¿Ataco a quien me confronta? ¿Quiero alejarme en cuanto alguien cuestiona mi conducta?
Una de las señales de madurez cristiana es aprender a recibir corrección.
Eso no significa aceptar automáticamente toda acusación. Las personas pueden equivocarse.
Pero sí significa estar dispuestos a preguntarnos con humildad:
“¿Hay algo que necesito ver?”
Una iglesia donde todos quieren corregir pero nadie quiere ser corregido tendrá muchos problemas.
Nuestros hijos también necesitan aprender a recibir corrección
Este principio comienza muy temprano en el hogar.
Cuando corregimos a nuestros hijos, no queremos enseñarles solamente a evitar un castigo.
Queremos ayudarlos a reconocer aquello que estuvo mal, asumir responsabilidad y buscar reconciliación.
Pero ellos también observan cómo nosotros recibimos corrección.
Si un padre exige que sus hijos reconozcan inmediatamente sus faltas pero nunca admite las propias, está enseñando una contradicción.
Podemos mostrarles algo diferente.
Podemos decir:
“Estuve mal.”
“Necesito pedir perdón.”
“Gracias por decírmelo.”
Así aprenden que la corrección no es enemiga de la gracia.
Forma parte de una vida de arrepentimiento.
El amor familiar tampoco debería impedirnos ver el pecado
Cuando un familiar es corregido por la iglesia, nuestro instinto puede ser defenderlo inmediatamente.
Esto es especialmente difícil cuando se trata de un hijo adulto, un cónyuge, un hermano o alguien muy cercano.
El amor familiar es bueno.
Pero no debería llevarnos a llamar bueno a lo que Dios llama pecado.
Tampoco debemos convertir automáticamente cualquier medida eclesial en un ataque contra nuestra familia.
Debemos escuchar, examinar los hechos y preguntarnos si el proceso ha sido justo.
Y, si realmente existe pecado, ayudar a nuestro ser querido a arrepentirse en lugar de fortalecerlo en su resistencia.
A veces amar a alguien significa no ayudarlo a esconderse de la verdad.
Una iglesia que disciplina también debe saber perdonar
Existe otro peligro. Una iglesia puede aprender a confrontar el pecado pero no aprender a restaurar al pecador.
Eso también contradice el evangelio.
Cuando hay verdadero arrepentimiento, no debemos mantener eternamente a una persona bajo sospecha para hacerle pagar por lo que hizo.
El evangelio que proclamamos es un evangelio de perdón.
La gracia no elimina la prudencia ni todas las consecuencias, pero sí debería producir una disposición genuina hacia la restauración.
La iglesia debe saber decir: “Esto estuvo mal.”
Y también: “Si hay arrepentimiento, queremos caminar contigo.”
Disciplina y gracia no son enemigas
Puede parecer extraño colocar estas dos palabras juntas.
Pero en realidad pertenecen una a la otra.
La gracia no significa que el pecado dejó de importar.
La gracia significa que Dios salva pecadores y comienza a transformarlos.
Por eso una iglesia gobernada por la gracia no será indiferente al pecado. Lo confrontará, pero lo hará recordando constantemente que todos sus miembros viven de misericordia.
No existen dos clases de personas dentro de la iglesia: quienes necesitan gracia y quienes no.
Todos la necesitamos.
La diferencia no está entre pecadores y personas sin pecado.
Está entre quienes, por la gracia de Dios, continúan arrepintiéndose y quienes deciden aferrarse a su pecado rechazando la corrección.
Cuidarnos también significa corregirnos
Una iglesia sana no es aquella donde nunca aparecen problemas.
Eso no existe.
Una iglesia sana es aquella que aprende a enfrentar el pecado con verdad, justicia, paciencia, mansedumbre y esperanza en el evangelio.
Habrá ocasiones en las que simplemente necesitaremos perdonarnos. Otras requerirán conversaciones difíciles. Algunas situaciones necesitarán cuidado pastoral prolongado. Y, en casos graves de impenitencia persistente, la iglesia tendrá que tomar decisiones dolorosas.
Pero detrás de todo ello debería existir un mismo propósito:
honrar a Cristo, proteger a su pueblo y buscar la restauración del pecador.
La disciplina de la iglesia no es lo contrario del amor.
Cuando se practica conforme a la Palabra, con paciencia, justicia y mansedumbre, puede ser una de sus expresiones más difíciles y necesarias.
Disciplinar bíblicamente significa amar lo suficiente como para no ignorar el pecado, buscar al hermano lo suficiente como para llamarlo al arrepentimiento y confiar en el evangelio lo suficiente como para esperar su restauración.
