
La oración ocupa un lugar central en la vida cristiana.
Y, sin embargo, muchos creyentes luchamos para mantener una vida de oración constante. A veces sabemos que deberíamos orar, pero no sabemos qué decir. Otras veces comenzamos con entusiasmo y, poco a poco, la oración se vuelve irregular. También podemos caer en el hábito de acudir a Dios solamente cuando aparece una necesidad urgente.
Pero la oración no es un accesorio de la vida cristiana.
Es una expresión de dependencia.
Oramos porque necesitamos a Dios.
Orar es acercarnos a Dios como hijos
La oración cristiana no comienza con una técnica.
Comienza con una relación.
Por medio de Cristo hemos sido reconciliados con Dios y recibidos como hijos. Por eso Jesús enseñó a sus discípulos a comenzar diciendo:
“Padre nuestro que estás en los cielos…” (Mateo 6:9, LBLA).
Esto cambia profundamente nuestra manera de orar.
No nos acercamos a un Dios distante al que necesitamos convencer para que nos escuche. Nos acercamos al Padre por medio de Cristo.
La oración no compra nuestro acceso a Dios.
Cristo ya abrió ese camino.
Oramos porque dependemos de Dios
Nuestra vida está llena de cosas que no podemos controlar.
No podemos controlar completamente nuestra salud, cambiar por nuestras propias fuerzas el corazón de nuestros hijos, garantizar el resultado de nuestro trabajo ni evitar todas las pruebas. Tampoco podemos vencer el pecado confiando únicamente en nuestra voluntad.
La oración reconoce esa realidad.
Cuando oramos estamos diciendo:
“Señor, te necesito.”
Esto no es debilidad espiritual.
Es sabiduría.
La autosuficiencia dice: “Puedo manejar esto solo”. La oración reconoce que nuestra vida, nuestra fortaleza y todo aquello que necesitamos dependen finalmente de Dios.
Jesús mismo nos mostró una vida de oración
Si alguien hubiera podido decir que no necesitaba orar, habría sido Cristo.
Y, sin embargo, los Evangelios lo muestran orando una y otra vez. Oró en momentos de decisión, antes de acontecimientos importantes, en soledad, en medio del sufrimiento y cuando se acercaba la cruz.
Esto nos enseña que la oración no pertenece solamente a cristianos débiles ni a momentos de crisis.
Forma parte de una vida vivida en comunión con Dios.
Si Cristo, en su verdadera humanidad, vivió dependiendo del Padre, cuánto más nosotros necesitamos aprender a orar.
No oramos para informar a Dios
Dios ya conoce nuestras necesidades.
Jesús mismo dijo que el Padre sabe lo que necesitamos antes de que se lo pidamos.
Entonces, ¿por qué oramos?
No porque Dios necesite información, sino porque Él ha determinado relacionarse con su pueblo de esta manera.
En la oración expresamos confianza, presentamos nuestras cargas, confesamos nuestros pecados, damos gracias, pedimos ayuda y adoramos.
La oración no convierte a un Dios ignorante en un Dios informado.
Nos coloca delante de Él como criaturas dependientes que confían en su sabiduría y bondad.
La oración es mucho más que pedir cosas
Con facilidad nuestras oraciones pueden convertirse en una lista de necesidades: salud, trabajo, protección, dinero o problemas familiares.
Todas estas cosas son legítimas y podemos presentarlas delante de Dios.
Pero la oración cristiana es mucho más amplia.
También adoramos, damos gracias, confesamos pecado, recordamos las promesas de Dios, intercedemos por otros, pedimos por la iglesia y rogamos por la expansión del evangelio.
Jesús mismo enseñó a comenzar con el nombre, el reino y la voluntad de Dios antes de llegar a nuestras necesidades diarias.
La oración nos enseña, poco a poco, a salir del centro de nuestra propia vida.
La Escritura nos enseña a orar
Una de las razones por las que a veces no sabemos qué decir es que intentamos producir siempre nuestras propias palabras.
La Biblia puede ayudarnos.
Los Salmos, por ejemplo, nos enseñan a orar en circunstancias muy diferentes: cuando estamos agradecidos, cuando tenemos miedo, cuando hemos pecado, cuando sufrimos injusticia, cuando no entendemos lo que Dios está haciendo o cuando necesitamos esperanza.
También podemos convertir otros pasajes bíblicos en oración.
Si leemos acerca de la fidelidad de Dios, podemos darle gracias. Si un texto expone nuestro pecado, podemos confesarlo. Si encontramos una promesa, podemos pedir que Dios nos ayude a confiar en ella.
La Escritura no solamente nos enseña acerca de la oración.
También nos enseña a orar.
Confesar, agradecer y llevar nuestras cargas a Dios
La vida cristiana es una vida de arrepentimiento. Por eso la confesión debería formar parte de nuestra oración.
No necesitamos esconder nuestro pecado delante de Dios. Él ya lo conoce.
Confesar significa estar de acuerdo con Dios acerca de aquello que hemos hecho, sin excusas, sin suavizarlo y sin culpar a otros. Podemos reconocer delante de Él nuestro orgullo, nuestra dureza, nuestra mentira, nuestra envidia o nuestra obstinación.
Y después volvemos a la promesa del evangelio.
La confesión cristiana no termina en desesperación.
Nos lleva nuevamente a Cristo.
También necesitamos aprender a dar gracias.
Es fácil acostumbrarnos a las misericordias de Dios: el alimento, un hogar, las personas que nos aman, una iglesia, la Escritura y, sobre todo, la esperanza del evangelio.
Podemos comenzar a tratar todo esto como si fuera normal o merecido.
La acción de gracias corrige esa actitud. Nos recuerda que somos receptores y que mucho de lo que disfrutamos nos ha sido dado.
Una persona agradecida no necesariamente tiene una vida fácil.
Ha aprendido a reconocer la bondad de Dios aun en medio de sus dificultades.
Podemos llevar nuestras preocupaciones a Dios
La ansiedad tiende a repetir una pregunta dentro de nuestra mente:
“¿Qué va a pasar?”
Y muchas veces intentamos resolver mentalmente una situación que no podemos controlar.
La oración nos ofrece otro camino.
No significa negar la dificultad.
Significa llevarla delante de Dios.
Pablo escribió:
“por nada estéis afanosos; antes bien, en todo, mediante oración y súplica con acción de gracias, sean dadas a conocer vuestras peticiones delante de Dios” (Filipenses 4:6, LBLA).
La oración no garantiza que recibiremos inmediatamente la respuesta que deseamos.
Pero nos recuerda quién gobierna cuando nosotros no podemos hacerlo.
Orar no significa que siempre recibiremos lo que pedimos
Dios escucha a sus hijos.
Pero eso no significa que haya prometido concedernos todo exactamente como lo imaginamos.
Nosotros vemos una pequeña parte de la realidad.
Dios ve el todo.
Podemos pedir algo convencidos de que sería bueno y descubrir después que Dios tenía otro propósito. Por eso Jesús nos enseña a orar:
“Hágase Tu voluntad.”
Esto no convierte la oración en algo inútil.
Nos enseña a pedir con confianza y, al mismo tiempo, con humildad.
La fe no dice: “Dios debe hacer lo que yo quiero”.
Dice: “Puedo pedirle con libertad porque es mi Padre y confiar en Él incluso cuando su respuesta es diferente de la que esperaba.”
Aprender a esperar también forma parte de la oración
A veces Dios responde rápidamente.
Otras veces nos hace esperar. En algunas ocasiones concede exactamente aquello que pedimos; en otras, cambia nuestras circunstancias de una manera diferente. Y, a veces, la respuesta parece ser no.
Eso puede resultar difícil.
Pero la demora no significa necesariamente abandono.
En la espera, Dios también puede estar obrando: formando paciencia, corrigiendo nuestros deseos, mostrándonos nuestra dependencia y enseñándonos a perseverar.
Una oración aparentemente no respondida no significa que Dios haya dejado de escuchar.
Por eso Jesús enseñó a sus discípulos a perseverar.
Hay oraciones que hacemos durante años: por nuestros hijos, por la conversión de alguien, por una iglesia, por un pecado con el que luchamos o por una situación familiar.
Perseverar significa seguir llevando esas cosas a Dios sin convertir nuestra espera en una exigencia.
Continuamos orando porque confiamos en su carácter.
También oramos por otros y con otros
La vida de oración cristiana no debería girar solamente alrededor de nuestras propias necesidades.
La Escritura nos llama a interceder.
Oramos por nuestros hermanos, por los pastores, por los enfermos, por quienes sufren, por quienes anuncian el evangelio, por las autoridades y por quienes todavía no conocen a Cristo.
Esto también cambia nuestra relación con las personas.
Es más difícil permanecer indiferentes ante alguien por quien oramos regularmente.
Pero la oración tampoco es solamente individual.
En el libro de Hechos encontramos a la iglesia reunida orando como pueblo. La oración congregacional nos recuerda que nuestras preocupaciones no son únicamente privadas.
Oramos juntos por la obra del evangelio, por la iglesia, por quienes sufren y por la fidelidad del pueblo de Dios.
Y cuando escuchamos a otros creyentes orar, también aprendemos a levantar la mirada más allá de nosotros mismos.
La oración en el hogar no necesita ser complicada
A veces los padres sienten que dirigir la oración en casa exige algo muy elaborado.
No es así.
Podemos orar después de leer la Biblia, antes de dormir, durante una comida, cuando aparece una necesidad, cuando recibimos una buena noticia, cuando uno de nuestros hijos tiene miedo o cuando hemos pecado unos contra otros.
No necesitamos convertir cada momento en una reunión formal.
Lo importante es que nuestros hijos crezcan viendo que hablar con Dios forma parte natural de la vida cristiana.
Además, aprenderán mucho acerca de Dios escuchando nuestras oraciones.
¿Nos oyen solamente pedir cosas materiales? ¿O también escuchan gratitud, confesión, preocupación por otros, adoración y dependencia?
Nuestras oraciones revelan lo que creemos acerca de Dios.
Si nunca confesamos pecado, nuestros hijos pueden terminar pensando que los padres no necesitan arrepentirse. Si solamente pedimos cosas, pueden aprender a ver a Dios principalmente como alguien que satisface necesidades.
Pero si nos escuchan agradecer, confesar, interceder y someternos a la voluntad de Dios, estarán viendo una teología vivida.
Enseñamos a nuestros hijos a orar sin presumir su conversión
En un hogar cristiano es natural enseñar a nuestros hijos a orar.
Podemos ayudarlos a dar gracias, reconocer el pecado, pedir ayuda y hablar con Dios acerca de sus temores.
Pero debemos cuidar de no confundir aprender a orar con haber sido convertido.
Un niño puede aprender palabras cristianas sin haber llegado todavía a confiar personalmente en Cristo.
Por eso enseñamos a nuestros hijos a orar y, al mismo tiempo, seguimos presentándoles el evangelio y llamándolos a confiar en Cristo.
No producimos la fe mediante una técnica.
Dependemos de Dios.
No necesitamos palabras impresionantes
Otra dificultad común es pensar que necesitamos hablar de una manera especial para que nuestra oración sea buena.
Dios no queda impresionado por nuestro vocabulario.
Podemos hablar con reverencia y sencillez.
Una oración breve puede ser profundamente sincera:
“Señor, ayúdame.”
“Perdóname.”
“Dame sabiduría.”
“Gracias por tu misericordia.”
La profundidad de una oración no se mide por su longitud.
Esto es especialmente importante cuando oramos delante de otras personas.
Podemos comenzar a pensar más en cómo suena nuestra oración que en Aquel a quien estamos hablando.
Pero la oración no es una predicación disfrazada.
No oramos para impresionar a quienes nos escuchan.
Hablamos con Dios.
Recordar quién es nuestro verdadero oyente nos ayuda a dejar de preocuparnos por parecer espirituales.
Cuando no sabemos qué decir
Hay momentos en los que orar resulta especialmente difícil.
El dolor profundo, el cansancio, la confusión o el duelo pueden dejarnos casi sin palabras.
Eso no significa que nuestra oración sea menos real.
Dios no necesita discursos perfectos.
Podemos acudir a Él con unas pocas palabras. Podemos utilizar un Salmo. Podemos permanecer delante de Él reconociendo nuestra debilidad.
Y, sobre todo, podemos recordar que nuestra esperanza no descansa en la calidad de nuestras oraciones.
Descansa en Cristo, por medio de quien tenemos acceso al Padre.
Una vida que aprende a depender
La oración no es una técnica para conseguir de Dios todo lo que deseamos.
Tampoco es una obligación destinada a demostrar cuánto hemos madurado.
Es una de las expresiones más claras de la vida de fe.
Oramos porque Dios es nuestro Padre, porque Cristo abrió el camino, porque necesitamos gracia, porque no podemos controlar nuestra vida, porque queremos agradecer, porque necesitamos perdón, porque otros necesitan nuestra intercesión y porque deseamos que la voluntad de Dios sea hecha.
Aprender a orar es aprender a vivir dependiendo de Dios: acercándonos al Padre por medio de Cristo, llevando delante de Él nuestras necesidades, pecados, gratitud y preocupaciones, y confiando en su sabiduría incluso cuando su respuesta no es la que esperábamos.
